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PROYECTO M–20 "NUESTRAS BASES" (VII)

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CUESTIONES ESTRATÉGICAS

 

III Tres caras del mismo vacío: Culturalismo, Agitación virtual y Movida activista

 

Tres tremendos errores de naturaleza en su constitución misma, consecuencia ine­vitable de tres formas erróneas de encarar el mundo y estar en sociedad, han lastra­do enormemente a muchos grupos e individualidades, y los han precipitado a la na­da. Tres gran­des errores porque olvidan la misma perspectiva política en el pensar, en el hablar y en el actuar.

 

 (a) El culturalismo: de la nada a la nada mientras unos se incorporaban a las Tenazas del Régimen

 

El primer callejón sin salida lo han constituido los grupos o fo­ros culturalistas. Ha sido el propio de los «metapolíticos», los que gustan de lo «intelectual», debatir y «estudiar». Por su­pues­to es nece­sario que los disidentes se formen, adquieran co­no­ci­mientos, despierten más inquietudes y que apren­dan a debatir yendo al fondo de las cosas. Pero esta formación y es­tos deba­tes no sirven de nada si no se pro­yectan al exterior, si no se co­rresponden con una línea de agitación para más per­so­nas, si no se «baja a la arena» de los problemas cruciales que in­quietan y afectan a la gente, para dar res­puestas a esos pro­ble­mas.

 

Sabemos que «hacen falta células de personas intelec­tual­mente bien prepara­das». Pero esa pre­paración intelectual sirve para no perder el norte en el «fregado» de los acontecimientos, para no hacerle el juego al adversario y para realizar con éxito la «adaptación divergente». Es decir, todo de­bate cultural, histórico o psicoló­gico, o cualquier conocimiento ad­quirido, o se aplica para sumi­nistrar medios rectos de com­bate y forjar el carácter de hombres y comunidades para la re­sistencia, o no sirve de nada. La formación intelectual es nece­sa­ria para fundamentar la lucha. Si no hay lucha, todo ese cono­ci­miento es maldito, inútil.

 

La formación intelectual ha de señalar qué somos o qué pre­ten­demos ser y, sobre todo (pues el entorno es dialógico y somos antagónicos al Sistema) para señalar siempre qué no somos. Pero si se enseña y se «conoce la teoría» y no se actúa de forma natural en coherencia, entonces una de dos: o realmente «no se cree en la pe­lícula» («todos son palabras para ocultar nues­tra mise­ria») o la teoría es un cuento gringo. La formación, o sirve para reafirmar qué es lo que somos, y actuar en con­se­cuencia con lo que decimos que somos, o es cháchara ociosa. La teoría, o sirve para explicar cómo se encuentra el mundo que nos ha tocado vivir, para posi­cionarnos correcta­mente en él (y contra él), o no sirve de nada. El debate, o sirve para entender por qué luchamos y por qué actúa el Sistema de la forma en que actúa en cada circunstancia, definiendo sus ca­rac­te­rísticas y atri­butos actuales, o no nos vale para nada. La cul­tura, o sirve para tener claro cómo se lucha y contra qué lu­chamos, y para cubrir puestos en la lucha, o se puede tirar todo a la basura.

 

Constatamos que los círculos, publicaciones culturales o los foros permanentes de debate, com­prendidos los verbalmente más «radicales», incluso los que perma­ne­cen más tiempo «en el can­delero», no llevan más que a continuas divagaciones sin pro­yección práctica, a mantener largas discusiones que, encima, se repiten en un bucle. Los círculos y las publicaciones cultu­ra­les, histó­ricas o de otro cariz, tienen su lugar legítimo y nece­sario, pero siempre que sirvan para ayudar a diagnosticar los pro­ble­mas que han de tratarse por el bien común, y las cau­sas de esos pro­blemas, en todo momento sirviendo como muni­ción o com­ple­mento de una acción organizada y de una agi­ta­ción que se pro­yecte en lenguaje llano, y sin dejar de ser, ja­más, un factor su­bordinado para las tribunas que den res­pues­tas a situa­ciones, necesidades y problemas vitales del presente.

 

Ésta sería la función recta de los círculos o foros de debate: ayudar a ganar una perspectiva po­lítica ofreciendo análisis de los males sectoriales o parciales rela­cionándolos con lo global y facili­tando la comprensión de los hechos concretos para llegar al origen de los mismos: en primera instancia, el Régimen; en segunda, los marcos internacionales hegemónicos e imperia­listas; y en última instancia, el Sis­tema occidental post-moderno. Es decir, constituirse en factor forma­tivo que ayude a mantener, simultá­nea­mente, los otros dos factores: la agitación y la orga­ni­zación.

 

Constatamos también la facilidad con la que ciertos in­te­lec­tuales que «han pa­sado» por la disi­dencia, explicando procesos, publicando manifiestos «contra esto y lo otro» (y alguno hasta for­mulando manuales de comportamiento disidente), han aca­ba­do colaborando con los canales que sustentan el «Núcleo Duro» del Sistema. En este caso sus tareas sí han tenido una pro­yec­ción prác­tica: además de resolver sus economías personales, sirven para adornar las «jornadas de odio» de los «cen­tinelas de Occidente», para am­pliar ligeramente las perspectivas de los «Pe­rros del Po­der» (poder que va más allá del ejecutivo de turno, pues los perros son rabio­sa­mente hosti­les al «capataz» si «no da la talla» ante sus amos) y para que la apo­logía mas faná­tica del Sistema se vea «matizada» inocuamente (cumpliendo así el pa­pel de «poli bueno»). Estos intelec­tuales son emisores de críticas ino­cuas (aun­que sean emitidas con grandes broncas) y cuando no, formulan ocu­rrencias que incluso refuerzan de for­ma auxiliar, o «exótica», la secuencia de confor­mación del pen­sa­miento «más duro» o «políticamente incorrecto», de tal modo que este pen­sa­miento tenga algo de «condimento» o una «gama de sa­bo­res» para su mejor di­gestión por las masas.

 

 (b) La trampa de Intenet

 

Cuando apareció «Internet», muchos creyeron (o trataron de hacer creer) que ésta constituiría la gran herramienta para llegar al público, soñando que serviría como medio definitivo e im­pa­rable pa­ra ex­tender sus ideas y fines entre las masas. Gru­pos e individualidades que se consideraban (o se lla­maban) radi­cales, anti­sistemas o re­volucionarios, entraron en una red creada por el propio Siste­ma, y en la práctica (pues participaron en ella) acep­taron los mismos objetivos que anunciaba la red y la propia filo­sofía que emanaba de ésta: era el «lugar más demo­crático» y el «campo abierto» que ofrecía «infinitas opor­tuni­da­des».

 

En Internet podría funcionar, por fin, «de forma pura», sin obs­táculos, la famosa «Ley de la libre oferta y demanda», ley que, en las transacciones de la calle, en la «vida cotidiana», no fun­ciona mucho por la existencia de diversos tipos de barreras. En Internet desaparecían la mayor parte de las desventajas eco­nó­micas y otros im­pe­dimentos y dificultades físicas. Todos ad­ver­tían que, al pa­sar los años, aumen­taría el número de per­sonas con acceso a Internet. Como casi toda la pobla­ción ten­dría, más tarde o más temprano, acceso a la red, más grupos y personas po­drían «ofertar» sus productos y demandarlos en «libre con­cu­rrencia» a través de ella. En resumen: como Internet era el cum­plimiento del sueño del «Libre Mer­cado», los «ene­mi­gos del Sis­tema» podían aprove­charse de ello.

 

Constatamos que, como era de esperar, el Sistema no creó alegremente una herra­mienta para autodestruirse. Y más cuando es un medio dirigido específica­mente al uso y abuso individual. La Gran Red no ha sido la gran herramienta para extender re­vo­lución alguna, sino otra gran herra­mienta de «pacificación so­cial». Cual­quier revolución o agitación se queda en virtual y de­­viene en algo inocuo, ya que, por muy «rebelde» que sea el men­saje, éste sale en pantalla, es decir: apare­ce como espec­táculo. Lo que se creyó iba a ser la gran herramienta para la di­vul­gación y agitación, ha sido la gran trampa. La Gran Red ha sido, en efecto, la gran red para atrapar a muchos. Si las habita­ciones donde se ve televisión se han con­vertido en el mayor exilio de la «vida so­cial», Inter­net se ha convertido en el mayor exilio de la «actividad política y social» de nuestro mundo.

 

Internet ha propiciado la multiplicación de foros, blogias, por­ta­les, enlaces, diarios digitales... Pero esa misma multipli­ca­ción ha generado una situación donde impera la dis­per­sión y la ausencia de orientaciones mínimas, claras y comuni­ta­rias, donde los lu­ga­res que logran mantener una ba­se firme y coherente se hallan sumergidos en una selva donde pre­dominan las vulgaridades, derivas, confusiones, «spam» y «tro­yanos» ideológicos. En co­rres­pondencia con esta dispersión ma­siva social e ideológica, la Gran Red no sólo no ha facilitado ninguna coordinación o di­rec­ción operativa para centrar esfuer­zos, sino que los ha desper­di­gado, desperdiciándolos como agua en un colador.

 

La propia forma de esta herramienta (con unos formatos me­nos propicios que otros) es más perjudicial que beneficiosa, pues, por su propia estructura, facilita la dispersión, propicia el en­cap­sulamiento personal y atrapa a la gente en el engaño con­for­table de «la pantalla y yo».

 

El cine y la televisión nos acomodaron a la «imagen espec­tá­culo» y a «sentir» his­torias donde todo empezaba, transcurría y finalizaba en dos horas u hora y media. El cine, y sobre todo la tele­visión, han provocado que los debates de las tribunas públi­cas y la misma «historia» hayan queda­do reducidas a ciertas «imá­genes», y que nos moleste dedicar algo de tiempo al estu­dio y análisis del presente que los iconos nos representa y en­cubre. La aparición posterior de más canales de te­levi­sión nos ha­bi­tuaron al «zapping», a no soportar intervalos, y a cambiar con­tinua­mente de rela­tos e «historias» donde apenas logramos seguir atentamente alguna de ellas. Esto ha provocado que nos acostumbremos a no perseverar ni terminar tarea alguna. Tantos canales (antes analógi­cos y ahora unos cuantos más digi­ta­les) sólo han venido rellenando la misma pantalla plana, que trans­mite al público el mismo plano de credulidad cómoda y, a la vez, de escepticismo conformista (tanto la credulidad como el es­cep­ticismo dominantes son caras de la misma moneda: la apatía so­cial). En general, la Gran Red, no ha hecho más que generar mayor pasi­vidad en los usuarios y fa­cilitar la confusión de la realidad con la virtualidad. Es re­sumen: Internet ha propi­ciado, todavía más, el in­dividualismo, la intolerancia ante el es­fuerzo, el ansia de inmediatez, el autoengaño y la credulidad y el escep­ti­cismo con­fortable. Y, como no, el anonimato ha favo­re­cido la estupidez y la cobardía de los villanos a la hora de «tra­tar» con los demás.

 

Por muy buenos documentos, datos, reflexiones y debates que se cuelguen o se pro­duzcan en la red (esto no lo ponemos en duda en ningún momento), y por mucho que puedan servir para una for­mación adecuada o como elementos factibles para la agi­tación, si no existe un mínimo de orden y disciplina en el se­gui­miento de los mismos, para luego convocar, articular y orga­nizar a los enla­za­dos, nos hallare­mos ante foros de debate per­ma­nente o emisoras de consignas sin repercusión que no llevan más que a continuas divagaciones o a repetir explica­cio­nes sin pro­yección práctica.

 

Internet es un medio, tremendamente útil debido a carac­terís­ticas como su agili­dad, su inmediatez y, sobre todo, su increíble y desbordante capacidad de albergar información, pero es un me­dio se­cundario. La Gran Red sólo puede servir como útil com­plementario de la formación (la cual defini­mos como «mu­chas ideas complejas, tanto fundamentales como técnicas, para pocos») y como «antesala» de la agita­ción (que podemos definir como «pocas ideas, sencillas y claras, para mu­chos»). Y siem­pre y cuando exista una comunidad militante que respalde y sepa utilizar en su favor tal herramienta, una organización míni­ma «no digital» (que se mantenga y no actúe improvisada­mente) que avance junto a tal herramienta. Si esta organización no se pro­duce, la formación y la agitación son nulas.

 

 (c) La agitación activista - oportunista: de la nada a la nada pasando por la unidad de quemados

 

Y el gran error del polo opuesto ha sido el activismo, que puede ser «sindical», «ve­cinal», «juve­nil» o «marginal-macarra». Los fenómenos activistas (caigan o no en la violencia, esto es irrele­vante) se caracterizan por la ausen­cia de previsión, de pro­yecto político, de programa o, incluso, de posibilidades de ela­borarlo. El acti­vismo es lo que más gusta a muchos con «ganas de mar­cha», que se «aburren» si no ven «acción in­me­diata». Pero junto a los activistas tenemos espectadores que se animan si «ven marcha». Mientras lo que le queda al «ac­tivista prota­gonista» es acometer la acción por la acción, sobre todo si se exhibe, lo que aprueba el «es­pectador del acti­vismo» es con­tem­plar esa acción improvisada. Lo único que am­­bos de­sean ver son éxitos instantáneos, y re­cordar, después, esos gol­pes ins­­tan­­táneos que fueron, inevitablemente, «flor de medio mi­nu­to». Unos acometen mien­tras otros jalean acciones opor­tu­nistas sin estrategia y sin perspectiva histó­rica. Mu­chos bien sa­bían que el activismo no conducía a nada, pero se han dejado arras­­trar por los «marchosos» para no «defraudar». Otros su­puestos «res­pon­sa­bles» también sabían que la agita­ción acti­vista no lleva a nada, pero amparaban la indisciplina por­que así mantenían apo­yos. Vemos que los «marchosos» no tardan en de­saparecer de la circulación. Es imperativo negarse a «mo­vi­das» sin perspec­tiva política ni plan alguno, y disuadir a los que están en ellas.

 

Pues otro de los motivos que explican el páramo político de la disidencia española o los grupos alternativos es que se han que­mado durante mucho tiempo esfuerzos y recursos humanos sin sen­tido. La agitación activista ha provocado «unidades de que­mados». Muchos eran elementos inser­vibles, que sólo se acer­caban movidos por impulsos, querencias sentimentales y fobias particu­lares, y así seguían arras­trando a otros en una de­riva penosa. Pero otros elementos podían haber sido mili­tan­tes válidos. Todos han acabado de la misma forma: en la nada de «la unidad de que­mados» o subsistiendo en circos pa­té­ticos virtuales u oportunismos «pseudo-real-políticos».

 

Nada hemos visto hasta ahora en ellos porque nada podemos esperar del activismo. Los milagros existen, pero éstos no de­pen­den de nuestra voluntad.

 

 (d) Los tres factores

 

Como hemos señalado, para que cualquier comunidad militante tenga una mínima consistencia, es necesario que se den, simul­tá­neamente, estos tres factores: For­ma­ción, Agitación y Orga­ni­za­ción. Si cualquiera de estos factores es nulo, todo el producto es nulo. Es más, si un sólo factor es nulo, cada uno de los fac­tores se convierte asimismo en nulo.

 

(º1) La Formación 

 

En primer lugar, donde se informe sobre qué somos. Es nece­saria una labor de formación a nivel de la doctrina, es decir, en el Orden de los fundamentos. Es imperativo que todos asuman que existe un solo eje desde el «vértice» (desde el Orden de los fundamentos) hasta el Orden de la acción. Todos los militantes han de tener más o menos clara la «unidad ver­ti­cal» señalada en el tercer apartado («Cuestiones Ideo­ló­gicas») de esas tres ideas-fuerza («Socialismo; Rede­fini­ción de España; Estado Laico») y la lucha, nacional o inter­na­cional, de los pueblos con­tra los opreso­res globalitarios («Apoyo crítico a los movi­mien­tos de Liberación Na­cional») pues, como adverti­mos en ese apar­tado, esas ideas-fuerza, y ese apoyo internacional, ni pue­den defenderse prefe­rentemente en el plano ideal, ni úni­ca­mente desde la ética, ni en términos meramente socio-eco­nó­micos, ni ha­blan­do solamente de «po­lí­tica real», sino todo ello a la vez. Quien olvida cual­quiera de estos planos representa un problema.

 

No cabe duda que, formándose en el Orden de los funda­mentos, «pocos serán los escogidos», pero se ha de estimular a cuantos se pueda, y dejar claro, siem­pre, esa «unidad verti­cal». Ante todo no se puede permitir que se asu­man fun­ciones de responsabilidad sin haber obtenido la cua­­lifi­cación ideo­ló­gica suficiente para ello. Sólo teniendo cla­ros los fundamentos se podrá ganar la homogeneidad bási­ca en la comunidad mili­tante. No hay cosa más práctica para el Orden de la acción que conocer los principios. Quien desprecie los prin­cipios actúa en favor del Enemigo.

 

En segundo lugar, donde se informe sobre qué queremos. Las tres ideas fuerza que expone­mos en «Cuestiones Ideológicas» se hallan, propiamente, en el nivel de los objetivos, es decir, en el Orden de los fines. Al igual que la «unidad vertical» citada, debe también quedar clara la «unidad horizontal» de nuestras tres ideas fuerza, y la relación estrechísima de una lucha nacio­nal con el apoyo internacional a los movimientos y estados que luchan contra el criminal-imperia­lismo, pues sig­nifican facetas de una misma e indivisible lucha por la alternativa. Cualquier sus­tracción de una de estas facetas no sólo invalida el conjunto sino que anula com­ple­tamente cada una de sus par­tes, y nos veremos con otra impostura más del Enemigo Directo y del Ene­migo Mayor que señala­remos en el apartado próximo II.6 («Frente al Régimen y sus instituciones»). El eje es único, como el mundo es único y, por tanto, la lucha es también única.

 

De este Orden de los fines partirá la agitación, pues serán los fines y el análisis de las situacio­nes, los que van a marcar la elec­ción de las ideas más sencillas para difundir e insistir en ellas.

 

Y en tercer lugar, donde se analice con qué y con quién con­tamos. Donde, con­ti­nuamente, se examine el nivel de los re­cur­sos, tanto humanos, como técnicos, como económicos, como de conocimientos. Es decir, una formación que trate del Orden de los medios. Este orden de los me­dios se encuentra estre­cha­mente liga­do con las labores de organización.

 

(º2) La Agitación 

 

Como señalamos, la agitación consiste en lanzar pocas ideas y consignas, sen­cillas y diáfanas, para muchos. Aunque sea a través de la transmisión de muchos datos y de noticias varia­das, o de comentarios más o menos extensos, todas esas no­ticias y comentarios han de darse reiterando unas pocas ideas, unas consignas de muy sencilla comprensión para la mayoría.

 

La agitación no puede depender nunca del oportunismo (aun­que sí de la opor­tu­nidad) ni de las ocurrencias. Y menos por atender intereses parciales o senti­men­ta­lismos particulares que no ayuden a reforzar el eje que señalamos. Esas ideas y con­sig­nas han de servir, en cualquier mo­mento, para identificar el eje de las tres ideas fuerza, para entender como propia la cau­sa de los pueblos oprimidos que luchan contra los opreso­res, y, como explicamos en el apartado opor­tuno, para ayu­dar a com­prender las críticas de la adaptación divergente.

 

Será la comunidad militante, a través de sus órganos, quienes señalen las líneas maestras de la agitación. Quienes lleven los «medios» o salgan a la calle deben seguir estas líneas maes­tras, que han de señalarse de forma clara y precisa tantas ve­ces como podamos.

 

(º3) La Organización 

 

La organización es una necesidad. Dotarse de una estructura de funcionamiento y seguimiento para conjuntar y dirigir nues­tras voluntades a la consecución de los objetivos que nos mar­quemos. La organización es lo contrario del individualismo, el oportunismo y la improvisación. Señalamos que este factor está estrechamente ligado con el nivel de los recursos, con el or­den de los medios. Pero, aún más, la orga­nización está estre­cha­mente ligada al plano de lo «Que tenemos que ha­cer», con el nivel de la acción. Es decir, con el Orden de la Táctica.

 

La Organización y el nivel de la Acción van, por tanto, in­di­so­lu­ble­mente unidos. Por eso recha­zamos el activismo y el opor­tu­nismo, el «hacer algo por hacer algo». Hay que tener esto tan claro como que sin agua no hay vida posible. Sin orga­nización ni preparación no hay acción que valga la pena.


Lunes, 14 de Marzo de 2011 18:26. antagonistas #. M-2O

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