TERROR Y DEMOCRACIA
Por Pepe LÓPEZ para "Antagonistas"Una de las ideas o premisas más «fuertes» que la Monarquía de Partidos ha logrado imponer en España es que, Democracia y Terrorismo, son dos fenómenos antagónicos e irreconciliables. Pero tengamos cuidado con el término: cuando partidos políticos, tribunas académicas, medios de difusión de masas y portavoces judiciales hablan de la «Democracia», están hablando de ESTA democracia, de la «Democracia real», pues para ellos no existe otra ni puede haber otra democracia que ésta, la indisolublemente unida al régimen que impera en España. Un régimen que, en propiedad, definimos como Monarquía de Partidos.
En estas décadas, los medios de difusión y los portavoces partidarios han ido más lejos en tal línea, al establecer la idea que todo lo que actúa «contra el Terrorismo» sólo puede ser, necesariamente, democrático; y todo aquello que se oponga a esta democracia (o «a la Democracia», recordemos que para ellos no existe otra) es barbarie y terrorismo. Pero es la primera premisa bipolar, aceptada ya por casi todos, la que debemos «enfilar» en cualquier circunstancia o lugar.
En los últimos años (sobre todo a partir del «Pearl Harbour» de septiembre de 2001) se ha manifestado, aún más, una radical «falta de complejos» en imponer esta línea. Para los partidos políticos y para los portavoces (públicos, semi-públicos, corporativos o privados) del discurso dominante, lo que realmente cuenta (en realidad, lo único que les interesa) es saber si un hecho, el que sea, perjudica o no perjudica al Régimen, al marco hiperhegemónico establecido internacionalmente, y, como no, a los negocios de las sociedades económicas que representan y este Régimen ampara. Lo que les importa a políticos y portavoces de la Monarquía de Partidos es mantener, sobre cualquier otra consideración, la posición incontestable del propio régimen, y la de ese poderío internacional al cual se encuentra ligada «nuestra» Monarquía de Partidos.
Cualquier acto terrorista en sí mismo, cualquier asesinato, secuestro, extorsión o tortura son simples hechos o circunstancias que siempre han quedado subordinados en función de lo que conviene o no conviene a ESTA democracia (la única «Democracia» posible, no lo olvidemos). Los atentados mortales, las amenazas de muerte, los bloqueos de productos básicos para poblaciones enteras, incluso las cacerías y matanzas masivas, se condenarán o se olvidarán según les convenga a las llamadas instituciones democráticas y «agentes de la sociedad civil». Cualquier crimen que se cometa... ¿Sirve para que ESTA democracia (la de España o las de Francia, Gran Bretaña, Israel, Estados Unidos, Colombia...) avancen o consoliden su posición? ¿Les es útil para afrontar sus peligros o eliminar obstáculos o a sus enemigos? En caso afirmativo, los asesinatos, secuestros, extorsiones, torturas y cualquier otro tipo de crímenes, unas veces se disculpan o se justifican por parte de unos medios (los «medios sin complejos») o, la mayor parte de veces, se silenciarán. Todos ellos, simplemente, se dejarán sin castigo.
En la Transición encontramos un ejemplo muy claro: el B.O.E. Los responsables de cualquier crimen cuyo fin hubiera sido «el establecimiento de un régimen de libertades en España» cometido entre el 15 de Diciembre de 1.976 y el 15 de Junio de 1.977, fueron absueltos por la Ley de Amnistía. Lo que contaba, como decimos, no era la naturaleza de los crímenes y el daño causado a las personas. Para los padres constituyentes de la Monarquía de Partidos todos esos crímenes fueron (o eran) detalles menores que podían ser (como fueron) tranquilamente aceptados por el régimen presentado ante los españoles como «Estado Social de Derecho», como el «Régimen de la democracia» y «de la Libertad». El Régimen anterior había hecho lo mismo para garantizar «la Paz» y «la Victoria sobre el Comunismo».
Esto no quiere decir que los representantes de «la Democracia» y «la Libertad» se olviden o conculquen los famosos derechos humanos que con tanto ahínco han reivindicado y dicen defender. Los derechos humanos siempre ¡Siempre! han sido defendidos por estas «fuerzas democráticas». Lo que ocurre es que, como señalamos, las instituciones democráticas (oficiales o «civiles») han conseguido asentar la creencia que todo lo que queda fuera de ESTA Democracia es tiranía, barbarie, terrorismo, sinrazón e inhumanidad. Y ya que la humanidad es una condición vital definida por su naturaleza racional, muchos de los cargos públicos y apologistas del Régimen han acabado por afirmar que SÓLO los demócratas demuestran tener esa capacidad racional. Por lo tanto, la humanidad es una condición que sólo cabe reconocer realmente en la «Democracia real».
Así pues, asesinar, secuestrar, extorsionar, torturar personas o aniquilar movimientos que no se han rendido a la innegable superioridad de este modelo, no representan, por ello, atentados terroristas ni violaciones graves contra los derechos humanos, pues, sencillamente, con su resistencia han demostrado que no son tan humanos. De la misma forma era legítimo provocar matanzas y destruir el hábitad vital de comunidades y pueblos que «no han evolucionado», pues tampoco eran humanos. En el XIX, los negros del Congo o los indios de América del norte eran «salvajes», y por tanto, seres expulsados de la condición humana. Y así veían las cosas tanto los conservadores como los liberales belgas, o usacos. Actualmente, de forma más clara, es como aparecen los palestinos (y los árabes en general) para los sionistas, tanto «progresistas» como de «extrema derecha».
Sin embargo, la mayor parte de los llamados demócratas han preferido no utilizar demasiado la vía de la razón y las evaluaciones sobre la evolución, sino la vía del corazón. Han establecido que SÓLO aquellos que sean «demócratas» (es decir, partidarios y servidores de ESTA democracia) pueden albergar buenas intenciones. Los medios de difusión insisten continuamente en que la gente pacífica y de buena voluntad, quienes demuestran tener «sentimientos humanos», son siempre demócratas (no todos los demócratas, pero todos los que albergan buenas intenciones lo son). Con ello, todos aquellos que no comparten o rechazan este modelo socio-politico quedan excluídos y se les incluye, automáticamente, en la categoría de gente «con malas intenciones». La mera facultad de tener buena voluntad les es negada de plano, mientras no «se conviertan» y acepten la Fe en la «Democracia real».
Así, debido a que los derechos humanos sólo pueden corresponder a los que han demostrado su naturaleza racional (es decir, los humanos) o, por lo menos, sólo merecen esos derechos los humanos con «sentimienos humanos» (es decir, los partidarios de la «Democracia real») todas las grandes matanzas y destrucciones acometidas por las democracias occidentales contra gentes que vivían fuera de su marco o luchaba contra ellas NO eran (NO son) atentados contra los derechos humanos NI mucho menos crímenes contra la Humanidad. Así los políticos, los «líderes de opinión» o los historiadores han podido referirse, con la más completa naturalidad, el exterminio de los nativos de Tasmania; o la de tantas naciones indias de los Apalaches o las praderas del Medio Oeste durante la colonización de tierras salvajes en el Siglo XIX, en nombre del avance de la civilización y la apertura de «espacios de libertad»; o el holocausto de los alemanes de Dresde o los japoneses de Hiroshima en la II Guerra Mundial, exigido para traer la paz y la Democracia; o el enterramiento de centenares de iraquíes vivos en la II Guerra del Golfo (1991) esgrimiendo el derecho internacional y el bienestar del «Mundo Libre»; o la eliminación sistemática de opositores argelinos y egipcios practicada en esos países en nombre de la seguridad y la estabilidad del mismo «Mundo Libre»; o las decenas de miles de colombianos desaparecidos y asesinados por los grupos paramilitares para garantizar la continuidad de la «Democracia más antigua de Sudamérica».
Toda esa gente vivían fuera de la Fe. Todos ellos eran «pueblos primitivos», «salvajes», «nazis», «fascistas», «comunistas», «fanáticos», «integristas» (ahora se une otro descalificativo para merecer la muerte, el expolio, la tortura o la mutilación: «machista»). Y todo ha valido, vale y seguirá valiendo en las «cacerías de las Fuerzas de la Libertad» contra las «bestias» (antidemocráticas, claro). Hasta que se integren en el Sistema. O mejor dicho, hasta que se sometan sin rechistar a sus intereses. Entonces dejarán de ser, oficialmente, bestias para cazar. Se convertirán, extraoficialmente, en bestias domesticadas, de carga, de granja, de guardia o para cualquier otro «servicio», y se les explotará mientras sea rentable hacerlo.
Por eso el «Mundo Libre» o las «Sociedades Abiertas», cuando se han enfrentado a sus enemigos, no han cometido jamás (ni podrán cometerlas) acciones terroristas o violaciones de los derechos humanos. La explicación, como hemos dicho, es muy sencilla: sus enemigos no son humanos, o son humanos con malas intenciones.
Este fenómeno lo vemos reproducido en el siguiente hecho. Lo que los representantes de la «Democracia real» esperan de un criminal no es que pague o responda por su crimen. Ni siquiera que se arrepienta de su acción. Lo que exijen, prioritariamente, es que termine por incorporarse a su sistema. Es decir: que se convierta a la Fe democrática y participe en su culto. Lo que Cristina Almeida exigía, por ejemplo, de los asesinos de sus compañeros del despacho laboral de la Calle Atocha, no era que se arrepintieran del hecho de haberles asesinado, sino que renegaran de «sus ideas de extrema derecha». Así medía su rehabilitación social no por su disposición mental o moral hacia la comisión del crimen, sino por el crimen mental de NO SER o NO QUERER SER «demócratas». Lo que se exige a quien «ha caido en el crimen» es la renuncia al crimen de no pensar demócráticamente. Si renuncia a éste, todos sus crímenes restantes, no importa lo crueles que hayan sido, tendrán la posibilidad de ser perdonados u olvidados, ya que se habrá logrado renunciar al crimen capital en la «Democracia Real»: no ser demócrata o luchar contra ESTA democracia.
Si, en caso contrario, los «crímenes menores» se ejecutan para favorecer el avance o los intereses de la «Democracia real» en esta nación o en otra, y los «ejecutados», encima, son «criminales mentales», esas acciones no sólo no pueden ser condenadas sino, incluso, aplaudidas. Es significativa la circunstancia actual, que la mayor parte de la prensa democrática (así se llaman ellos) de España no sólo mantenga su línea habitual de ocultar u «olvidar» los crímenes cometidos por los ejércitos secretos, ejércitos públicos y ejércitos privados (clandestinos o «con placa») al servicio de «la Libertad» (la suya, claro) sino que en los medios de difusión se está consolidando («sin complejos», como les gusta decir) la línea que justifica agresiones masivas, atentados selectivos, secuestros, torturas, bloqueos de poblaciones o destrucciones de pueblos enteros. Las matanzas de civiles y las destrucciones de aldeas que las tropas de la OTAN (entre las que se encuentran las Fuerzas Armadas Profesionales de la Monarquía de Partidos) están cometiendo actualmente en Afganistán, están siendo literalmente justificadas por el conjunto de la prensa española. La única diferencia en los grandes medios (escritos, radiofónicos o televisivos) es que mientras unos prefieren que la implicación española en tales matanzas y destrucciones sea «colateral», otros se lamentan porque la implicación española no sea más estrecha e intensa con británicos y usacos.
Aunque podamos ver en todo esto contradiccines del sistema, en el fondo, no lo son. En esto como en otras facetas, existe una lógica y coherencia interna entre la visión del mundo, los discursos y las prácticas de este sistema. Como hemos explicado, no se puede atentar contra los derechos humanos si se asesina o se aterroriza a los enemigos de la «Democracia real» o a los que no creen en ella, ya que éstos están excluidos de la condición humana. En este sentido, es cierto que Terrorismo y Democracia son fenómenos antagónicos e irreconciliables; es cierto que cualquier acción «contra el Terrorismo» es necesariamente una acción democrática; y es cierto que cualquiera cosa que se oponga a ESTA democracia es Terrorismo, y cualquier persona que lo haga es un terrorista y comete el mayor de los crímenes posibles.
Pepe López
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