"TERRORISMO DE ESTADO", Vincenzo VINCIGUERRA
Fuente: www.marilenagrill.orgTraducción: A.Beltrán
Fotografía: F.G. Freda (alias “agente T”)
Poco a poco, con extrema lentitud pero de forma inexorable, el muro de barro erigido por el régimen y por el Estado para evitar que emerja la verdad sobre la guerra civil italiana, se agrieta al punto de permitir ver a través de una brecha todo su interior, confirmando lo que ya se conoce.
Porque, en realidad, son escasas ya las zonas oscuras que iluminar con relación a la historia italiana de los años 60 y 70 y atañen sólo a algún episodio concreto, el nombre de algún “recadero”, algún organizador, poca cosa en el fondo respecto a las certidumbres existentes.
Existe una verdad histórica opuesta absolutamente a la judicial, intencionadamente [ésta]circunscrita a la búsqueda, determinación y condena de los responsables materiales de los sucesos más impactantes y sangrientos, la cual debe imponerse, salvando todos los obstáculos y haciendo, ella sí, justicia, frente a la pretensión que una parte del Estado (el Poder judicial) quiere y puede hacer: y es encontrar las pruebas de la responsabilidad del Estado durante los “años de plomo”.
Medio siglo no ha sido suficiente para obligar a que el régimen y el Estado reconozcan su iniquidad sobre lo que han cometido contra un pueblo al que habrían debido proteger.
Y sin embargo, las pruebas estaban ahí desde siempre, bastaba con no ignorarlas y con no pisotearlas, tal como se ha hecho, a fin de evitar que, hoy, la Nación siga estando en manos de los responsables de esa matanza, de sus cómplices, de sus herederos.
De hecho, no hacía falta esperar que el general Gianadelio Maletti, ex responsable del departamento “D” del Sid [Inteligencia militar], se decidiera a confirmar que Ordine Nuovo era una estructura dependiente del Servicio secreto militar [como, p.ej. durante la Transición lo fue el “Frente de la Juventud” en España, NdT], porque ya existían, públicos y notorios, todos los elementos que lo demostraban.
Las palabras de Maletti confirman lo que desde hace un cuarto de siglo, sin cesar, hemos afirmado: No ha existido en este País un “terrorismo negro” que se haya enfrentado al Estado en concurrencia con el [terrorismo] “rojo”.
Al contrario, ha existido un terrorismo de Estado candorosamente encubierto como “neofascismo”, y un “terrorismo rojo” masivamente infiltrado e ampliamente instrumentalizado por los servicios secretos italianos y extranjeros.
Estamos demostrando, desde estas páginas, que tampoco desde el aspecto ideológico los Evola, los Almirante, los Rauti, los Borghese tenían nada que ver con el fascismo; que, sobre el plano histórico, eran los herederos de ese sector de la clase dirigente del régimen fascista que el 25 de julio asumió el deber de liquidar el régimen para salvar la monarquía; que la derecha es la antítesis del fascismo y que el Movimiento Social Italiano [MSI] y organizaciones análogas (sin excluir ninguna) han utilizado de forma únicamente instrumental los símbolos del pasado régimen [fascista] por razones electorales y oportunistas.
No nos hacemos ilusiones sobre el hecho de que las “revelaciones” del general Maletti puedan ser decisivas para consolidar la verdad, porque la contraofensiva del Estado y del régimen se ha iniciado ya, utilizando como es tradicional esa herramienta de la infamia que es el poder mediático y, no hace falta decirlo, la habitual magistratura siempre presta a encauzar, una vez más, la verdad (que, por lo demás, ha negado siempre) hacia lares más seguros para el Estado y el régimen.
Maletti confirma lo que nosotros hemos afirmado siempre, a saber: que la operación del 12 de diciembre de 1969 no fue obra de un Giorgio Franco Freda o de un Stefano Delle Chiaie, sino una operación conjunta que coimplica a los dirigentes del MSI, a los del “Fronte Nazionale” [manípulo golpista de J.V. Borghese, NdT] y de “Ordine Nuovo” bajo el mando de los servicios de seguridad empeñados en realizar los planes del frente político antifascista y anticomunista representado por el presidente de la República, Giuseppe Saragat.
Verdad que es difícil que triunfe cuando se tienen delante dos Italias que a ésta [verdad] se enfrentan y que, en plaza Fontana, en Milán, el pasado 12 de diciembre se han evidenciado nítidamente: la una, que tiene una sincera ansia de verdad pero que la niega desde el momento en que insiste en el rechazo a asumir que las masacres y el “terrorismo negro” llevan el sello del antifascismo de Estado y del régimen; y la otra, que se exhibe en las conmemoraciones prometiendo de forma ritual que el Estado no cejará nunca en buscar la verdad por respeto a las víctimas del “terrorismo”, obviamente “negro”.
A nuestro modo de entender, podría haber existido una tercera Italia, la de aquellos que han sido víctimas del terrorismo de Estado, pero, así como lo muertos no hablan, sus familiares vivos han elegido formar parte del Estado asesino y masacrador fingiendo creer que gracias a él y a su judicatura podrán ser sacadas a la luz las pequeñas verdades relativas a los ejecutores materiales de los atentados.
Aun cuando se obtuvieran los nombres (y algunos se tienen) y algunas condenas, sería hipócrita clamar el haber logrado justicia y verdad, porque los responsables son los mismos que oficialmente les sostienen y les apoyan: Se sientan en el Parlamento italiano, dirigen los órganos del Estado que comanda a los servicios de seguridad, del Estado mayor de la defensa, de la OTAN, etcétera.
Son los mismos que, todavía hoy, encubren a F.G. Freda, Pino Rauti, Stefano delle Chiaie y a sus amigos y compadres, porque el Estado no puede permitirse abandonar a su destino a los organizadores y ejecutores materiales de los atentados más sangrientos.
El Estado y el régimen, junto al poder mediático y judicial, emprende y libra una sola batalla: la de encubrir la verdad incluso mediante el linchamiento moral y físico de quien dice la verdad sin segundas intenciones.
No es casual que para este linchamiento se hayan prestado incluso los familiares de las víctimas de las masacres.
El actual presidente de la República, Giorgio Napolitano, formaba parte de la dirección nacional del Partido comunista en diciembre de 1969, pero nunca ha dicho nada sobre lo que los líderes comunistas de entonces, vinculados a los servicios secretos soviéticos y por tanto capaces de acceder a informaciones valiosas e trascendentales, han tenido conocimiento.
Giorgio Napolitano pertenecía a la cúpula dirigente del Partido comunista cuando Enrico Berlinguer, GianCarlo Pajetta y Paolo Bufalini fueron informados de que los masacradores vénetos habían preparado un atentado contra Mariano Rumor el 17 de mayo de 1973.
El Partido comunista no hizo nada para impedir aquel atentado. Hizo algo peor: desvió las investigaciones ocultando lo que sabía y garantizando la impunidad a los jefes y superiores de Gianfranco Bertoli [asesino a sueldo, falso anarquista, confidente de Estado, y agente israelí; vinculado a la red Gladio, NdT]
Ciertamente, no existen elementos de prueba que demuestren que Giorgio Napolitano hubiera conocido los arcanos de esa masacre antes de que sucediera y posteriormente, pero no es una coincidencia que él haya evitado encontrarse con los familiares de las víctimas de la masacre.
Cuando en 2008, el 17 de mayo, se reunió en el patio de la Comisaría de Milán con Gemma Calabresi para entregarle la medalla de oro en memoria del marido, el comisario de policía Luigi Calabresi, la ceremonia en recuerdo de las víctimas de la masacre cometida por el confidente del SID Gianfranco Bertoli la hizo posponer a la tarde, demostrando que para él existen muertos de clase “A” y de clase “B”.
No se ha reunido con ellos, no les ha pedido perdón en nombre de sus compañeros de partido que no habían detenido la mano asesina, y que después había ocultado siempre la verdad que conocían perfectamente. ¿Y sería éste el hombre, el político, el presidente de la República que promueve el triunfo de la verdad sobre plaza Fontana? Ha sido ministro de Interior y a los que se habían ilusionado con que un comunista pudiera hacer por la verdad lo que los ministros democristianos no hicieron nunca, Giorgio Napolitano les objeta: “No estoy para abrir aramarios”.
Es natural que le hayan hecho precisamente a él presidente de la República. Así pues, larga será todavía la batalla para alcanzar la verdad sobre el terrorismo de Estado, travestido de “terrorismo negro”, porque está en juego la supervivencia misma del régimen, la solidez de sus alianzas internacionales con los Estados Unidos, la OTAN e Israel.
Hemos afirmado siempre que la auténtica cuestión moral de Italia es justamente la concerniente a los llamados años de plomo y al papel asumido en ellos por el Estado y por el régimen.
Lo reiteramos, de nuevo, una vez más.
Vincenzo Vinciguerra, Opera 14 diciembre 2009
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