Vincenzo VINCIGUERRA,

En el cotidiano diluvio de estupideces que políticos y periodistas hacen llover sobre el indefenso pueblo italiano, destaca, última por el momento, la afirmada por el europarlamentario Roberto Fiore, jefe de “Forza Nuova”.
Éste ha declarado, ante las cámaras de televisión, que “fascismo y antifascismo están superados”, colocando al mismo nivel una ideología y un conjunto confuso y caótico de ideologías distintas y contrapuestas a la fascista.
El antifascismo no ha existido nunca como idea, porque ha representado la coalición de personas que por ser liberales, comunistas, socialistas, democristianos, se han lanzado a la lucha contra el régimen fascista para después, caído éste por causas independientes a su acción, pelearse entre ellos durante cuarenta años, hasta otoño de 1989.
La “guerra fría” no ha contemplado más que la oposición entre el capitalismo privado, representado por los Estados Unidos y por sus aliados, y el capitalismo de Estado cuyo bastión principal era la Unión Soviética.
Entre los fautores de este enfrentamiento planetario no ha estado el fascismo, a pesar de que en Italia han existido seudofascistas, precisamente Fiore, que a finales de los años 70, se han prestado, en nombre del anticomunismo, a servir de “guardias blancas” del régimen democrático italiano.
El fascismo ha sido confinado a los libros y a los cementerios.
En realidad, las declaraciones de Fiore son propias de alguien que no sabe siquiera lo que es el fascismo. En caso contrario, habría aceptado que no es asumible hoy proponer la reedición de un régimen fascista, tal como se configuró desde el 22 de octubre de 1922 al 25 de julio de 1943, más que nada porque faltan los fascistas para acallar que desde Benito Mussolini hemos caído al fondo de un abismo donde, justamente, encontramos a un Fiore y otros semejantes a él.
No existe, pues, intención alguna de reconstruir el régimen fascista, y ni siquiera la de combatir contra un inexistente antifascismo que es utilizado solamente porque las contingencias políticas empujan a los fracasados del comunismo a considerar que la presencia en el gobierno de los grotescos plagios de Lino Banfi (Silvio Berlusconi), Franco Franchi (Ignacio La Russa) y Ciccio Ingrassia (Gianfranco Fini) pueden pensarse como el intento de reconstruir un régimen autoritario que se arrogan el derecho de definir, tout court, como fascista aun cuando, eventualmente, en el aspecto ideológico es su exacta antítesis.[i]
Dejando al margen del papista Fiore, ha llegado exactamente el momento de recordar a los italianos que si viven en un país devastado y presa de un capitalismo rapaz y depredador, el único modo de levantarlo y reconstruirlo es remitirse a lo que constituye el patrimonio ideológico del fascismo.
Es decir, descubrir que las crisis económicas son inevitables en el capitalismo que sobrevive explotando a los pueblos, reclamando la absoluta libertad de hacerlo en nombre de la iniciativa privada que debe escapar al control del Estado.
Así como hoy que los Estados están desembolsando miles de millones en auxilio de bancos e industrias, o lo que es lo mismo: que los pueblos están pagando y salvando a los que les han explotado porque esos dineros son nuestros dineros y no de los jefes de Estado y de gobierno que con tanta generosidad los están facilitando a sus amigos y a los amigos de sus amigos, hay que volver proponer el control del Estado sobre las empresas de interés general que tengan un número de empleados superior al centenar.
La socialización de las empresas es hoy más que nunca necesaria si no se quiere que, superada esta crisis, en diez años se presenta otra y otra más después, así hasta el infinito, a costa de los pueblos.
La socialización de las empresas, para quien lo ignore, significa simplemente que el Estado tiene el derecho y el deber de mantener una representación específica en los Consejos de administración, que pueda controlar la contabilidad, las estrategias empresariales, las inversiones, etc.
El Estado es el pueblo, no pertenece a quien está en el gobierno o a la alta burocracia, es pues el pueblo quien debe vigilar y controlar que hacen los capitalistas autóctonos en sus bancos y en sus industrias.
Es más, el fascismo no tolera que la fuerza obrera tenga que trabajar sólo por cuatro euros y soportar las decisiones de los empresarios tomadas sin su conocimiento y en su menoscabo.
El fascismo exige que las fuerzas obreras de las empresas de interés general sean elevadas a la condición de participar en las decisiones de las directivas empresariales e incluso en el reparto de los beneficios que provienen de su trabajo y no sólo del capital invertido por los propietarios de la empresa.
En síntesis, el fascismo exige que exista igual dignidad entre capital y trabajo y, en consecuencia, quien invierte el capital en una empresa debe tener los mismos derechos y los mismos deberes que quien la trabaja para hacerla productiva, sin enriquecer únicamente al “patrón” sino distribuyendo de forma equitativa los beneficios derivados de ella.
No debería causar sorpresa a los trabajadores el encontrarse en la calle, despedidos, porque el empresario de turno ha decidido trasladar su empresa a un país donde la mano de obra es más barata y donde, en consecuencia, él podrá ganar mucho más.
No, este desprecio hacia las necesidades vitales de los trabajadores, típico del capitalismo, ya no es tolerable.
El comunismo había pensado resolver el problema quitándole todo a todos y transfiriendo al Estado el cometido de distribuir la riqueza uniformemente, con el resultado que todos hemos visto.
El capitalismo considera que todo debe pertenecer a unos pocos los cuales, sin embargo, para hacerse cada vez más ricos deben dar las migajas a las “plebes” para que puedan comprar y consumir, convirtiéndoles en más ricos todavía.
Una perversa lógica que ratifica una subordinación que amenaza erigirse en eterna.
Las medidas que se están tomando actualmente son grotescas y demagógicas. Reducir las primas a quien tiene ya capitales desproporcionados no resuelve el problema. Despojar de un millón de euros a quien tiene cientos o miles, no lo penaliza del mismo modo que el quitar cien o doscientos euros a los que deben sobrevivir con mil, poco más y a menudo poco menos.
La justicia social, la verdadera, quiere y exige que no existan súper-ricos y súper-pobres, escasos los primeros, millones los segundos, condenados a permanecer como tales por estar excluidos de la posibilidad de controlar como se enriquecen los primeros.
De donde, la necesidad de imponer a los “patrones” un control estatal y de los trabajadores llamados a tomar parte también en las estrategias empresariales, a controlar incluso sus cuentas, a percibir los beneficios que su trabajo produce.
El fascismo ha sido combatido y militarmente aplastado porque representaba asimismo una amenaza para el capitalismo que, en primer lugar, se ha desembarazado de ella y, posteriormente, de la comunista que, por el contrario, bien poca cosa podía hacer para afirmar la “dictadura del proletariado” que pretendía sustituir el poder de unos pocos, los poseedores del capital privado, por el de los funcionarios de partido a los que muy poco interesaban las necesidades reales de los pueblos.
Hablar de superación del fascismo, entendido como proyecto de afirmación de una justicia social, resulta demencial, típica de personajes que ven el fascismo su exterioridad, y, ni que decir tiene, la lucha contra la inmigración.
Pero incluso aquí, al margen de estos seudofascistas, la alternativa consiste en ayudar a los italianos a descubrir la dignidad del trabajo, de cualquier trabajo, sin distinguir entre aquellos “buenos” reservados para sí dejando los “malos” a los extranjeros que terminan siendo la fuerza laboral de la que no se puede prescindir.
Restituir a los italianos el sentido de la dignidad del trabajo es la tarea de quien pretenda hacer política seria, para el pueblo y no para sí mismo; aparte de manifestarse con cuatro gatos protegidos por 1.500 policías que contienen a otros cuatro gatos.
Esta es la política de los necios, que consideran “superado” aquello más vivo y actual que nunca, el mensaje fascista que durante el Ventenio no encontró espacio para ser experimentado concretamente, pero que fue el legado de la República que quería ser social de nombre y de hecho.
Una equitativa distribución de la riqueza no se consigue reduciendo un poco lo mucho que los capitalistas ganan, sino redimensionando mediante hechos su excedente de beneficios, que les sirven, por ejemplo, a las grandes empresas, a las industrias, a los bancos para adquirir el control de la prensa y de las cadenas de televisión, al punto de imponer a los pueblos su modelo de vida, haciéndose dueños de ellos.
¿Cuál sería la tarea de la prensa libre si no la de controlar el respeto de las reglas por parte de quien detenta el poder político, económico, financiero y estatal?
Al contrario, mediante los beneficios que han acumulado indebidamente explotando el trabajo y las necesidades de los pueblos, éstos [poderes] han acaparado el control de los controladores que se han convertido, por humana miseria, en sus siervos más fieles y aduladores.
No tendríamos al clon de Lino Banfi como presidente del Gobierno si éstos no hubieran adquirido el control de gran parte de los media italianos, con los fondos salidos de la explotación del trabajo de los demás sin que nunca nadie haya controlado como ha podido acumular una fortuna personal de 25 mil millones de dólares y ostentar su riqueza como prueba de su capacidad y de su eficacia.
El fascismo republicano trató de interrumpir la tradición de los “barones ladrones” que, viceversa, los usufructuarios de la victoria militar anglo-americana restablecieron por todo lo alto desde la inmediata posguerra.
Y no son solamente los procedimientos judiciales los que pueden evitar que otros clones de Lino Banfi aparezcan en los próximos años, sino el triunfo de la idea de que un Estado debe impedir que existan súper-ricos que explotan a los demás por sus propios intereses, teniendo como único fin ampliar cada vez más sus ya de por sí desmesuradas fortunas.
Socializar las empresas, controlar los balances, introducir supervisores del Estado y de los trabajadores en los consejos de administración, distribuir beneficios, prohibir a los patrones el control de la prensa que, mira por dónde, no produce beneficios financieros y, por lo tanto, según la lógica del capitalismo no debería interesar a quien, por contra, pretende extraer beneficios de sus empresas, pero que produce otro resultado: la sumisión de los pueblos a los que poner al servicio de aquellos que pueden ganar mucho más, en cualquier área, que lo que pierden financiando periódicos con numeros rojos siempre.
¿Y todo esto estaría “superado”?
Justicia social y libertad no pertenecen al pasado y, mucho menos a aquellas ideologías que han vencido mediante la fuerza de las armas sobre la que era la tercera revolución, la que quería ofrecer al mundo lo que ni la revolución liberal ni la comunista habían, por defectos de origen, conseguido darle. Retomar, por consiguiente, el camino de ese mensaje que la sangre y el poder de las armas enemigas han reprimido, pero no han eliminado, proclamando abiertamente los orígenes, aclarando que no se trata de imponer un régimen autoritario y totalitario, sino de dar a los italianos y al mundo esa paz social, esa justicia, esa libertad que el fascismo había soñado y que el antifascismo coaligado les ha negado al precio de 50 millones de muertos.
Este es el presente. Este es el futuro.
Vincenzo Vinciguerra
Opera, 6 de abril 2009
Fuente: http://www.marilenagrill.org/
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