Vincenzo Vinciguerra

LA CULTURA DEL DOLOR
La vida de los hombres está entretejida de alegrías y dolores, de serenidad y sufrimiento, sonrisas y lágrimas.
Una cultura de vida conoce y reconoce esta simple verdad como parte inherente de la humana existencia, que oscila en toda su duración entre ambos polos de felicidad e infelicidad, en una alternancia que nos permite vivir hasta el término de nuestros días, que somos conscientes que llegará fatal e inexorablemente, no sabemos cuándo ni cómo.
Somos libres de elegir cómo vivir, de decidir nuestro destino, porque no es Dios quien nos lo prohíbe, al menos en este mundo occidental incivil y progresista.
Libres de elegir cómo vivir pero no de decidir cómo y cuándo morir.
Para vetar esta suprema elección se alza una cultura de dolor y de sufrimiento que quiere ser impuesta a los humildes pero no a los poderosos, que vale los que en la escala social no a los nivele más altos, y para los cuales no hay piedad ni misericordia.
Una cultura de dolor y de sufrimiento que es genuinamente católica, mas que romana, que pretende ser la religión del amor universal, que dice representar a un Dios que se hizo hombre para sacrificarse a sí mismo a fin de redimir a la humanidad.
Extraña contradicción, la de la Iglesia católica, no más ya apostólica y romana, que nos habla de un Dios que elige vivir y decide morir del modo más atroz, flagelado y crucificado, por la salvación de los hombres.
Dios decidió su muerte, determinando el día y el modo, porque se había hecho hombre pero seguía siendo Dios. Tras Cristo, centenares de miles de hombres, mujeres e incluso niños han elegido, en nombre de la fe, morir para ofrecer su testimonio y reafirmar su fidelidad al Dios crucificado. La Iglesia se ha construido a sí misma sobre la muerte de cuantos han creído en ella, por ella han matado, masacrado, torturado a mayor gloria de Cristo.
Así pues, no es cierto que la vida pertenece solo a Dios. La historia de la Iglesia católica nos dice que los hombres pueden elegir renunciar a la vida o suprimir la de otros precisamente en nombre y por cuenta de Dios.
Perdido el poder temporal y, con él, la posibilidad de utilizar la tortura y los patíbulos, la Iglesia de Roma ha descubierto lentamente, en el transcurso de un siglo, que no, que los hombres no son libres de disponer de su propia vida, que esta pertenece tan solo a Dios.
Ciertamente, la Iglesia ha condenado siempre los suicidios, pero no es de éstos de los que hablamos, sino de la opción de decidir si vivir una no-vida o morir con dignidad, o más aún de morir tras la muerte.
No es paradoja puesto que nos referimos al caso concreto de Eluana Englaro que en realidad yace muerta desde hace mas de dieciséis años sobre el lecho de un hospital, pero que oficialmente está viva porque su corazón late y sus funciones vitales están intactas, excepto una, aquella que nos hace vivos: la mente.
Las jerarquías eclesiásticas y sus lacayos políticos nos dicen que la vida debe seguir su curso natural y que, por tanto, Eluana debe continuar siendo alimentada artificialmente, como así sucede desde hace dieciséis años, hasta que su corazón se pare.
Las mentiras son dos: Eluana está muerta porque su cerebro está muerto, no ve y no oye, no habla, no tiene sensibilidad, no siente emociones, no percibe alegrías ni dolores, tiene sólo un corazón que late en un cuerpo inerte; Eluana estaría ya desde hace años enterrada y viviría en el recuerdo de cuantos la han querido, si la naturaleza hubiera podido seguir su curso antes de haber sido paralizada por la moderna tecnología médica que permite la alimentación articifial.
Pero las altas jerarquías de la Iglesia católica no tienen interés en decir la verdad, porque pretenden imponer por todos los medios su acendrado principio de la vida que, en realidad, es expresión de su cultura del sufrimiento y del dolor infligido a los otros, no precisamente a ellos mismos, a los humildes no a los poderosos. Es un espectáculo atroz al cual estamos obligados a asistir, porque se comercia fraudulentamente con la vida y la muerte y se niega a un padre el derecho de llorar sobre la tumba de la hija a cambio de ver su cuerpo torturado por sondas y medicinas sobre el camastro de un hospital.
De todo esto Eluana no sabe nada.
“Está viva” nos dice el Papa, pero no habla, calla.
“Está viva”, pero no siente.
“Está viva”, pero sus ojos están apagados, si que una chispa de dolor o de alegría los puedan iluminar, sin que una lágrima de felicidad o de tristeza surque su bello rostro.
“Está viva”.
No, Eluana está muerta y el deber de los hombres es darle sepultura, llorando su prematura desaparición. Eluana está muerta, desde hace dieciséis larguísimos años y si Cristo ha resucitado, ella no podrá resucitar ya en esta tierra porque la ciencia no es capaz de devolver la vida a quien la ha perdido, ni el Papa o Bagnasco o don Mazzi de repetir el milagro de Lázaro.[i]
El manzoniano [ii]Dios que "asusta e inspira, che auxilia e che consola", se ha posado junto a Eluana hace ya dicieseis años, pero el Papa empeñado en ver las ventajas políticas de su lucha por la vida, no consigue verlo, no percibe su presencia, demasiado alejado de lo divino, demasiado cerca del humano interés.
Y si Eluana no está ya entre nosotros, otros, millares, deciden en silencio sobre su muerte rechazando la ferocidad terapéutica, operaciones sin esperanza, terapias inútiles que debería retardar el momento de su muerte. Otros que viven en un estado de sufrimiento físico atroz, atrapados en el lecho del dolor, en espera de un final cierto, esperando día tras día, luchando contra los espasmos intolerables delo dolor que, en la Italia del Papa, no es posible siquiera aliviar por falta de terapias específicas.
Mueren en silencio, como en silencio vivieron, lejos del primer plano, afortunadamente distantes del circo mediático que, si les descubriera, les obligaría a vivir en el dolor sin esperanza.. Al contrario, se van el silencio, anónimos, rodeados del afecto de sus seres queridos que les aman como el Papa, Bagnasco y Don Mazzi no podrían amarles jamás, escogiendo el momento de su muerte afrontada con extrema dignidad.
Creía en el Dios de los católicos, una mujer que de la bondad había hecho su principio de vida y de la solidaridad para quien sufre un deber que absolver cotidianamente. Valentina, de profesión enfermera, creía en el Dios de la misericordia, y vivía inmersa e el sufrimiento de otros, de los enfermos que trataba por todos medios de ayudar, que veía gritar de dolor, estrellándose contra la cínica indiferencia de los médicos
Valentina creía en la vida como fuente de alegría no sólo de dolor y su alegría era contagiosa, valía más que muchas medicinas, como la sonrisa de su rostro maravilloso y sus ojos que dejaban entrever la inocencia de quien concibe solo el bien, nunca el mal.
Creía Valentina en la religión de la vida y del amor, pero sólo era ella la que amaba al prójimo, pensando que la vida es también serenidad y alegría, hasta el día en que un médico criminal le diagnosticó una osteoporosis en lugar de un tumor en la médula espinal, y así, habiendo descubierto la trágica verdad, no ha tenido otra elección que la muerte.
Amaba la vida Valentina, cierto, la amaba mucho. Pero ha preferido morir porque la vida era para ella un perpetuo oscilar entre los dos polos de la felicidad y de la infelicidad, entre las dos estrella de la alegría y de las lágrimas, pero no podía vivir fija en la única estrella existente, la del dolor y la de la muerte.
Así nos ha dejado Valentina, ofreciéndonos un postrer ejemplo de dignidad, de coraje, presencia de ánimo t libertad: libertad de elegir sobre su propia vida, libertad de decidir sobre su propia muerte, en el modo y momento que males sin solución se manifiestan, sin prolongar indefinidamente la propia agonía para complacer a un Dios que sus sacerdotes quieren cruel hasta el punto de condenarnos al dolor por un trasunto de vida sin esperanza. Y, como Valentina, muchos otros hombres y mujeres que han vivido humildemente y han preferido morir con dignidad, rechazando la cultura del dolor y del sufrimiento que la Iglesia católica abandera en nombre de la vida que, dice, nos da y nos quita Dios.
Será verdad, pero la vida termina cuando no tiene significado ni sentido, cuando nuestro cuerpo es un amasijo de carne sufriente, un peso intolerable para una mente que ya no consigue controlarlo y hacerle instrumento de vida.
¿Quién dice, pues, que la muerte llega cuando el corazón cesa de latir? No, Dios nos quita la vida cuando la transforma en no-vida, en una existencia vegetativa, en un infierno de sufrimiento y de dolor en el que arrastramos incluso a aquellos que nos aman, no Benedicto XVI, Bagnasco y Don Mazzi.
Los desvaríos de estos días sobre este argumento, la tentativa grotesca y realmente infame de convertir a un padre en el asesino de su hija (aunque no tiene el valor de decirlo es lo que se sobrentiende de la campaña por la vida de Eluana) demuestran solo lo distante que se encuentra la jerarquía de la ex Iglesia católica, apostólica y romana de su grey que busca ya en sí misma las respuestas sobre las cuestiones de la vida y de la muerte, al margen de los debates sobre bio-ética, que son meros ejercicios intelectuales de personas que jamás han afrontado en la vida real los temas que discuten haciendo gala de una vana erudición.
Somos nosotros los que, en libertad, escogemos la calidad de nuestra vida, los que decidimos nuestro camino, los que somos amos de nuestro destino y, que cuando llegamos a estar a un paso de la muerte ¿deberíamos renunciar a nuestro libre albedrío para hacer decidir p sobre nuestro dolor y nuestro sufrimiento a Benedicto XVI, Bagnasco y Don Mazzi?
NO, gracias.
Decidimos solos sobre nuestra vida, tenemos el derecho y el deber de decidir solos sobre nuestra muerte, como corresponde a hombres Civiles y conscientes que creen que Dios es luz y serenidad, no tinieblas y dolor, que conocen la piedad hacia los demás y, en consecuencia, si el Destino lo quiere, al final, sabrán ser piadosos también consigo mismos, no condenándose a vivir en la cárcel de un cuerpo enfermo sino escogiendo la libertad de la muerte.
Vincenzo Vinciguerra
Comentarios > Ir a formulario





