
EL ORDEN SUCIO
Vincenzo VINCIGUERRA
El 6 de junio de 1945, en Forte Bravetta, Roma, el teniente Pietro Koch, comandante de un escuadrón especial de policía de la República social italiana, se enfrentaba al fusilamiento con un cigarrillo en la boca y ajustándose la raya de los pantalones.
Pocos días antes había declarado a un periodista: “Estaba y estoy convencido, por considerarla ya como perdida, que mi causa era justa, debía actuar contra las organizaciones clandestinas, no me arrepiento de haber combatido”.
“Yo y mi mujer”, exclama Valerio Fioravanti, al lado de Francesca Mambro[1], ante las cámaras de la televisión estatal, “somos dos criminales recuperados para la sociedad”.
Definición justa, verdadera, la que Fioravanti y su mujercita ofrecen de sí mismos y que logra dar, físicamente, la imagen del abismo que separa al fascismo y a los fascistas del “neo-fascismo” postbélico y de sus militantes.
El Orden negro ha sabido caer en pié. Sus hombres en cualquier parte de la martirizada tierra de Italia y de Europa, han mantenido hasta el último momento el valor y la dignidad de afrontar, sin pestañear, los pelotones de ejecución del antifascismo, porque para ellos el honor no era una palabra vacía.
No hay –es inútil buscarlo- neofascista post-bélico de aparato (de Estado) y de servicio (secreto), que no haya salido de la cárcel de rodillas y gimiendo, en una orgía de arrepentimientos, remordimientos, contriciones, dolor por las víctimas, voluntad de hacer el bien para remediar el mal inflingido, etc, etc.
Este es el orden sucio.
Por lo demás, el nombre del Orden negro ha sido evocado una sola vez en los años setenta.
Aparece en enero de 1974, algunos meses después de la disolución del Movimiento político Ordine nuovo dirigido por Clemente Graziani (noviembre de 1973), y desaparece en el verano del mismo año, coincidiendo con la disolución de la división de Asuntos reservados del ministerio del Interior y del traslado de su director, Umberto Federico D’Amato al mando de la policía de fronteras, establecida por el entonces ministro del Interior, Paolo Emilio Taviani, el 30 de mayo de 1974, dos días después de la masacre de la plaza de la Logia, en Brescia.
El presunto “Ordine nero”, en los meses de su actividad, se distingue por una larga serie de atentados que ponen en el punto de mira objetivos de izquierda y a civiles, dirigiendo contra estos últimos varias masacres que solo la casualidad consigue evitar.
Los atentados son reivindicados con octavillas de lenguaje delirante y demencial que no señalan ningún objetivo político, sino que sirven sólo, en su jerga trivial y grotesca, para demostrar la ausencia de cualquier significado político e ideológico de las acciones cometidas bajo la sigla de “Ordine nero”.
Una sigla porque, en realidad, “Ordine nero” no ha existido como organización.
Algunos de sus “adeptos” están, de hecho, al servicio, por ochenta mil liras a la semana, del partisano Carlo Fumagalli que de ellos se servía para acrecentar la sensación de inseguridad en la población en previsión de un “golpe de Estado” que habría debido liquidar los extremos tanto de derecha como de izquierda.
Los activistas y los redactores de las octavillas de “Ordine nero” actuaban, pues, dentro de una óptica antifascista y anticomunista y su objetivo era crear terror y odio en la población italiana frente al fascismo y a los fascistas presentados no como una fuerza política que se proponía defenderla de un régimen liberticida, corruptor, prevaricador, sino como una pandilla de sicópatas, de paranoicos, de delincuentes, empeñados en cometer atentados masivos para masacrar a cuantos más italianos mejor.
Es en esta lógica que hay que interpretar las groseras exaltaciones de los campos de concentración como Dachau. “Viva Dachau”, no tendría sentido si no se entendieran los fines de Carlo Fumagalli, y de sus referentes políticos y policiales, bien integrados, estos últimos, en la división de Asuntos reservados del ministerio del Interior.
La imagen del “fascista” que emerge de esta orgía de atentados de masas y de las octavillas delirantes coincide perfectamente con la que los comics pornográficos, tan queridos por la propaganda judaica, ofrecen a sus lectores.
Es el porno-fascista, bellaco, masacrador de mujeres y niños, psicópata por el placer de la sangre, falto de escrúpulos, de dignidad y de honor.
No habría existido italiano capaz de indignarse si un gobierno de emergencia hubiese suspendido las garantías constitucionales y hubiera metido en la cárcel a algunos millares de neo-fascistas.
Este era el objetivo del partisano Carlo Fumagalli que muy voluntariamente pagaba ochenta mil liras a la semana a los seudo-fascistas que actuaban bajo la sigla de “Ordine nero”, para provocar un golpe de estado antifascista. La confirmación sobre las finalidades reales de “Ordine nero” nos es suministrada por una nota del servicio secreto militar sacada a la luz después de tantos años de sus archivos.
Está datada el 30 de mayo de 1974, y en ella se afirma que los dirigentes del disuelto Mpon [Movimiento político Ordine nuovo] están empeñados en hacer sobrevivir a su organización y que “la maniobra no ha escapado al ministerio del Interior que, en el contexto de una política del antifascismo oportunamente orquestada incluso con fuerzas políticas ajenas a la Dc [Democracia cristiana] ha decidido golpear al órgano informativo de las ideas (“Anno zero”), presentado no como periódico sino como movimiento político surgido únicamente por cambio de nombre de Ordine nuovo; el movimiento mismo, creando un “Ordine nero” (señalado como el brazo violento de “Anno zero”) al cual debe atribuírsele una serie de actos violentos y antidemocráticos. En este contexto deben interpretarse todas las acciones delictivas etiquetadas desde los órganos de gobierno y de prensa como iniciativas de la derecha extraparlamentaria”.
En otras palabras, “Ordine nero” es una “diversión estratégica” creada desde la división de Asuntos reservados del ministerio del Interior, dirigida por el antifascista Humberto Federico D’Amato, que tiene por cometido alimentar la teoría de los “extremismos opuestos” y, a la vez, ensuciar al fascismo y a los fascistas.
Misión cumplida con éxito.
Esta es la verdad que nos cuenta la historia. Y no serán los empleados de la judicatura italiana, ningún seudo-historiador de izquierda y ningún plumífero de “Alleanza nazionale” los que despachen a “Ordine nero” y a sus mercenarios “militantes” como fascistas, sobre los cuales queda todavía mucho que decir,
Y lo diremos.
Vincenzo Vinciguerra. Opera, 25 noviembre 2008
[1] NdelT.- Autores materiales del atentado a la estación ferroviaria de Bolonia en agosto de 1980 (80 muertos y centenares de heridos)
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