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Del "Rusia es Culpable" al "Turquía No es Europa" (y III)

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LA HISTORIA DE ESPAÑA ES UNA ESFINGE SIN SECRETO. 

Puede estudiarse con un método histórico, aplicando la misma rutina científica que la investigación social nos ofrece, en sus documentos, fuentes, archivos, tradiciones, etc. independientemente de la filosofía de la historia o ideología social que profese el interesado.

No es “materia sacra”. No es coto cerrado de oficiantes de una misteriosofía de la historia, de sectarios de leyendas negras, rosas, rojas, azules o multicolores. Arma de políticos retirados e historietadores en activo.

Especialmente, debería ser materia básica para aquellos que de algún modo se identifican con un Pensamiento nacional, más allá de banderías y fetichismos.

No es el caso, nos tememos, de aquellos que, en nombre de una concepción maniquea, oportunista, indigente e irresponsable de la política y de la cultura política nacional-popular han pasado, sin solución de continuidad, de la arenga anticomunista del “Rusia es culpable” de aquel longevo cuñado de Franco, ambicioso representante del Eje en Madrid, al actual y patético slogan de “Turquía no es Europa” con el que los “indigentes políticos” (Milá dixit) de la menguada derecha extraparlamentaria española, representantes indígenas del neofascismo francés pretenden subirse al carro del nuevo y brutal antiislamismo etno-democrático, eurosionista y neocatólico, en nombre de una pretendida “Identidad” imaginada, inventada, inverosímil, inicua, intermitente, intercambiable y, sobre todo, inútil para su objetivo básico: la integración política en el sistema eurocrático, el reconocimiento público, subsidiario de una tendencia residual del neofascismo español.

Y sin embargo no se puede ocultar que con Josemaría Aznar –especialmente durante su segundo mandato- la extrema derecha ha estado en el poder, tanto en cuerpo como en el alma; y casi al completo con sus viejos programas y con sus nuevas generaciones, con un discurso escueto bien articulado, férreo, inflexible, sin complejos ni traumas, con legislación adecuada y toda una mayoría social bebiendo los vientos y comiendo de la mano de un liderazgo indiscutible.

Invocando el santo nombre de España en la boca el gobierno Aznar puso a la izquierda al borde del abismo. Erigió al vecino marroquí en irreconciliable “Enemigo del Sur” sin autoeditarse ni ocultar su identidad. Siguió machacando a ETA. Ilegalizó Batasuna y, Garzón mediante, puso al independentismo político fuera de la ley. Arrinconó el secesionismo centrífugo, el federalismo mezquino, el soberanismo traidor, a mayor gloria de la unidad nacional. Cerró Egin y logró la prejubilación del odiado obispo etarra Setién. Denunció la conspiración terrorista mahometana y derroto a los sarracenos en Perejil, descendientes cómo AbenLaden, de Muza y Tarik, de los Almorávides y de Miramolín.

Reformó la enseñanza en el sentido unitario e integral, el suyo, el de siempre, de sesgo democristiano, etno-democrático, cripto-confesional y  providencialista; el que se espera de una Derecha con certificado de garantía liberal y vocación redentora. Sin traumas ni complejos.

Embarcó en la nave corsaria de la economía global, a sus nuevos conquistadores en busca de El Dorado del Capital. Las macrocorporaciones públicas privatizadas, los Bancos y las Empresas neotecnológicas, previa cabeza de puente de un lobby económico-político con sólidas relaciones con las élites dirigentes, asaltaron el Nuevo Mundo y saquearon a placer. Hasta se atrevió tímidamente a practicar el viejo deporte de la derecha española, el golpismo, con algún gobierno díscolo y poco colaborador.

Pero faltaban las Águilas de Imperio. El sueño eterno del esencialismo hispánico. La vocación universal de la estirpe. La metafísica joseantoniana y la mística nacional-católica colgada de los tiempos imperiales y se dotara de la teológica de la decadencia nacional.

A imagen y semejanza de Serrano Suñer, realista como él, comprendió que el viceimperio no podría ser ya ejecutado como una primacía de orden universal, sino proyectarse en forma de copartipación subalterna en la gestión de las nuevas hegemonías mundiales occidentales.

La derecha regeneracionista española, de la que figuras como Serrano Suñer, José Antonio Primo de Rivera o José María Aznar formarían parte, no era extraña a la obsesión “decadentista” de la historia y a la consabida nostalgia de la monarquía universal hispánica y de su voluntad imperial trascendente.

La breve biografía política de José Antonio impide valorar plenamente aspectos de su pensamiento y columbrar hipótesis de actuación pública, dado que en vida solo su jefatura sobre la Falange fundacional –absoluta solamente en el marco de sus dos últimos años de vida casi uno sin libertad- ofrece pistas.

Es, sin embargo, incontestable que en el pensamiento doctrinario y en la formación mental del hijo del general Primo de Rivera (tan distintos y hasta distantes en lo ideológico) la tarea de nacionalización de masas y de emancipación nacional-popular ocupan un escalón inferior a la tarea ineludible de formación de un espíritu de metafísica de España entre las élites dirigentes del Estado y de la sociedad civil.

José Antonio no era nacionalista español. La desconfianza ante el proceso nacionalización social y ante un patriotismo nacional-popular de masas era general entre la Derecha, vieja o nueva, restauracionista o regeneracionista.

De procedencia política social-católica, Ramón Serrano Suñer, amigo fraterno del “Fundador” y cuñado del Jefe del “Nuevo Estado español” - Jefe absoluto además de la Nueva Falange unificada- proyectó esa doble circunstancia personal en términos de  influencia política duplicada como ejecutor de la acción exterior de España y de la gestión interna de la organización política del Estado.

El programa “Imperial” estaba ahora en las manos al fin de un regeneracionista con fuerte instinto político, innegable carisma personal y dotes intelectuales aceptables.

Designar al enemigo era la schmittiana tarea ontológica que se esperaba de él.

Internamente, la duda ofendía. Era premisa fundacional del nuevo régimen. Para la tarea de “nacionalización social” la suerte estaba echada desde antes incluso de la llegada de la República.

Para imprimir una cierta “Idea de España”, tras el infructuoso batallar ideológico decimonónico, en la Tabula rasa del nacionalismo moderno español “sobraba” ya la mitad del país, que de forma irresponsable y antinacional, había sido procesada, juzgada y condenada sin haber sido oído y sin posibilidad de defensa ni de apelación.

Era la “Anti España”. El “Enemigo” interno.

La “Heterodoxia” secular española, según el nacional-catolicismo, ideología del odio que tenía ilustres antecedentes en pensadores situados más allá de la reacción pura del carlismo, del ultramontanismo y del integrismo, propio del bajo clero provinciano y montaraz.

Los neocatólicos estaban plenamente integrados en el régimen liberal, aunque lo criticaran. La querella dinastiíta, el legitimismo y el tradicionalismo ´”integro” o de partido no les importaba ya.

La Tradición española, su filosofía política y su teología de la Historia, no se agotaban en el tradicionalismo carlista y sus respetables ideales plenos de piadosa beligerancia guerrillera, de fidelidad dinástica, de intransigencia dogmática y defensa encarnizada de privilegios feudales y ordenamientos forales.

Había que empezar –y acabar- por el primer grito de guerra de la Carlistada: Dios.

Dios es el que Es, que dijo Yahvé en el Sinaí. Pero, en espera de aclarar el ontológico enigma, para la cristiandad católica Dios es Cristo- más o menos- y Cristo volverá para el Día del Juicio Final.

Esperando los novísimos, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana sustituye místicamente a Su Señor, garantizando la sucesión del Simón-Cefas-Pedro, primer Obispo de la Urbe, mediante un Vicario o Lugarteniente en la Tierra, elegido por Príncipes del Cardenalicio Colegio por divina inspiración del Espíritu Santo.

En espera de mayores precisiones la Iglesia, Santa Madre y Esposa del Ungido,  jerarquía apostólica mediante, asume por delegación divinal una Autoridad Plenipotenciaria que a su vez coloca en manos del Máximo Pontífice, Cabeza Visible, Gran Sacerdote en hábito ceremonial de acusado simbolismo faraónico, de Infabilidad Dogmática y Santidad indiscutible.

El Papa de Roma es el Dios de los Católicos. La Santa Sede  de Roma es la Patria de los Católicos. La Iglesia de España es el Gobierno nacional de los Católicos españoles.

El énfasis de estos nuevos doctrinarios se ponía en el carácter exclusiva y excluyentemente católico, dogmático, ortodoxo, de la nación española desde sus nebulosos orígenes hasta el día de la fecha en que autores como Balmes, Pidal, Menéndez Pelayo.

Los privilegios y sinecuras financieras y las regalías y derechos en materia de Educación constituían no solo un deber exigible por los Católicos al Estado –por muy confesional que fuera- sino su obligación política, moral e histórica inexcusable dado el carácter intrínseco de la catolicidad del pueblo español.

Los derechos de la Iglesia Universal tenían un Divino origen. Los de la Iglesia española eran además cuestión de reconocimiento del hecho nacional y de la interpretación católica de la identidad española per saecula saeculorum.

No en vano, España había sido frente a toda herejía el brazo armado del Dios de Roma. Incluso contra él. Más papistas que el Papa, los españoles reinventados históricamente por los neocatólicos y  adoctrinados políticamente por los nacional-católicos debían apropiarse del concepto mismo de Estado Nacional, tan extraño a la propia tradición católica y tan familiar para los impíos partidarios de la Revolución de 1789: apóstoles del anticlericalismo, francmasones, liberales, jacobinos y demás herejes de la Volontè Generale.

 No había materia de debate, ni posibilidad de duda en esta cuestión.

La naturaleza católica del país exigía de las autoridades seculares del Estado proveer a la Santa Madre Iglesia de los medios necesarias para mantener en manos del regular y secular los ancestrales privilegios en materia de enseñanza y de educación nacional.

No se negaba al Estado su jurisdicción sobre la Instrucción Pública y otras instancias administrativas y políticas, máxime su confesionalidad católica y su generosidad fiscal.

La educación nacional seguía fielmente las orientaciones doctrinales de la Iglesia. Y esta bendecía el régimen político mientras no quisiera monopolizar el terreno educativo.

De estricta observancia vaticana, disciplinados en punto de magisterio eclesial, dotados de vastos saberes, en algún caso enciclopédicos, capacidad polémica y argumental no desdeñables, los ideólogos neocatólicos compitieron desde una concepción de España estrictamente católica-tridentina, teopolítica, ultradefensiva, providencialista de la historia nacional con los doctrinarios liberales del pensamiento nacional

Bien lo sabía Ledesma Ramos que pagó con creces el precio del aislamiento político primero y de la propia existencia finalmente, su intentona –condenada al fracaso desde el principio como barruntara su amigo de juventud, Olagüe- de doble emancipación, nacional y social, del patriotismo popular, del nacionalismo revolucionario, de la nacionalización de las masas y de la incorporación proletaria al Estado Nacional de todo el pueblo y para todo el pueblo.

A esta noble misión llegó –por causas ajenas a su voluntad- tarde, y con él el Nacional-Sindicalismo, llegó mal –sin medios ni efectivos- y nunca llegó, pues ya la absorción del Jonsismo en la Falange de José Antonio y la derrota de la alternativa fascista-radical dentro del liderazgo político de la falange jonsista sellaron este camino.

No habría ya competencia revolucionaria con el marxismo ni comunidad nacional de todo el pueblo. El Fascismo español, trufado de catolicismo político y patriotismo burgués, echaría sus cimientos –mejor o peor - sobre la mitad del terreno del pueblo español y los escombros sobre la otra mitad.

La construcción nacional del Estado, el Estado mismo, volvería a las andadas del estéril siglo de la decadencia. La Historia de España volvería a ser enseñada para adormecer las conciencia y alucinar de ensueños “imperiales”; pesadillas de “decadencias” fatales y fatalistas: la Historia de España volvería a ser el “opio del pueblo” español...

Aún así, un cierto regeneracionismo “imperial” pragmático, aprovechando la lucha entre las culturas, las reivindicaciones de las naciones jóvenes, las contradicciones  ideológicas, el ocaso del prestigio europeo en el mundo, la presencia amenazante de los peligros “alógenos”, las “revoluciones mundiales”  presagio de la nueva invasión de los bárbaros” buscaba encontrar una posición entre los vagones de primera clase del tren del porvenir del nuevo parto de los tiempos cesáreos doloroso pero pleno de oportunidades para las “naciones jóvenes” (de espíritu, en el caso español) alumbradas de fe, orgullo y valor, de vocación universal y redentora.

La España eterna, metafísica, sin pecado de materialismo concebidas, opuestas a las plutocracias demoliberales de occidente y a los “nuevos bárbaros” de Oriente, los Hunos bolcheviques y los Otros del Internacionalismo masónico-marxista, podría ser una de estas naciones.

Una nueva generación de juventudes españolas, de sólida formación y curiosidad universal se asomaba al supuesto páramo de “pan y toros” y con un fatum negro como la pena negra echando por tierra a los augures del decadentismo genético, crónico y terminal de España y de los españoles. La sorpresa fue mayúscula.

Entre los facultativos del morbo nacional, homeópatas de la “decadencia española”, galenos de ojo clínico y diagnóstico inapelable, el estupor era considerable y el pánico cundía entre aquellos doctores sin ciencia y anestesistas de la conciencia nacional.

Aquello echaba por tierra de un plumazo todo su discurso decadentista y descalificaba su categórico dictamen.

Los hijos de estos presuntos  sifilíticos de Europa, de estos desahuciados de la Historia, a los que nada debía la Europa, la nueva generación española no nació lisiada y contrahecha, débil y enfermiza. Nació, antes al contrario, sana y robusta, lozana y despierta: llena de inquietudes espirituales, éticas, estéticas, intelectuales y científicas. Sin complejos, traumas, defectos congénitos y otras zarandajas endémicas de la supersticiosa imaginación de aquellos pediatras del aborto histórico nacional, el neófito del moribundo cogió su propio toro por los cuernos y rompió las filas de los augures del triste y negro destino español escrito en una estrella de papel-carbón.

No debe extrañar que aquella generación, al margen de las innovaciones propias y las influencias externas de nuevo cuño, a pesar de todo reprodujera y tradujera el sistema social, las estructuras generales y las evoluciones generales de la generación anterior, incluyendo el historicismo anecdótico, el esencialismo estrambótico y el criticismo pedantesco de sus escépticos predecesores. La historia no opera a saltos. En España tampoco.

El pensamiento rutinario, los hábitos adquiridos, las fórmulas reiteradas,  los automatismos y convenciones, las tradiciones y prejuicios, pesan mucho y aun renqueantes suponen lo malo conocido difícil de abandonar sin la seguridad de que lo por conocer no sea peor aún.

Mas incluso reproduciendo y hasta ampliando en parte esquemas del pasado, las filias y fobias, las banderías y delirios pretéritos, es el carácter, espíritu, el modo, la manera, lo absolutamente novedoso: no tanto el qué sino el cómo, lo que representa el “salto de cualidad” y lo que hace distinta a estos nueva remesa de españoles que viene pidiendo guerra y que, al final la tendrá por partida doble.

 Si se quiere entrar en la Historia hay que aceptarla con todas las consecuencias.

 

A.Beltrán, Madrid otoño-invierno 2004

Sábado, 01 de Septiembre de 2007 22:33. antagonistas #. Historia y Pensamiento

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