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Vincenzo VINCIGUERRA: "ERASÉ UNA VEZ LA IGLESIA CATÓLICA"

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Fuente: Marilenagrill.org
Traducción: A.B.A.


La basílica de San Pedro, en Roma, se alza majestuosa como símbolo de la grandeza de una Iglesia católica, apostólica, romana que ha llegado ya al final de su bimilenaria historia.
Cierto que existe aún el Estado del Vaticano, hay un Pontífice, una jerarquía eclesiástica, mil doscientos millones de fieles distribuidos por todo el mundo que secundan a su Santo Padre, que reina hoy bajo el nombre de Benedicto XVI.
Existe el aparato y la apariencia, pero falta ya la substancia de una Iglesia que durante dos mil años se ha creído depositaria de la verdad y representante del único Dios, para finalmente confesar, a partir de 1978 con Juan Pablo I, e inmediatamente después, con Juan Pablo II que no era así, que antes de ella y por encima de ella existía la religión judía y el Dios de los judíos.
De este modo, paso a paso, el Vaticano se ha comprometido solemnemente a no intentar convertir a los judíos, por expresa prohibición de los rabinos, renunciando así a su misión primordial, de fe: la de conducir a los “hermanos separados” al redil de Dios, pues no se puede abandonar a los “infieles” en el pecado condenándoles a vivir eternamente lejos de Dios.
Pero la arrogante advertencia de los rabinos ha sido bastante para obligar a Benedicto XVI a renunciar a la conversión de los judíos cuyo Dios es, evidentemente, superior al Cristo que desde hace dos mil años la Iglesia de Roma presenta como el único Dios verdadero.
Los judíos como “hermanos mayores”, la religión judía como fuente y origen de la cristiana, el Dios de los judíos como superior al cristiano.
Qué queda de la Iglesia católica, apostólica y romana, aparte de una secta judaico-cristiana, muy poderosa todavía a nivel financiero, cuyo jefe, el ex pontífice romano, debe humillarse ante la comunidad judía romana.
Es historia de ayer.
Cuando, en 1963, fue representada la obra teatral “El Vicario” que acusaba a Pío XII de tolerar en silencio, la persecución de los judíos a manos de los alemanes, la reacción de la Iglesia romana fue iracunda.
En mayo de 1964, el Vaticano pide y obtiene del gobierno italiano, representado
a la sazón por el ministro de Exteriores, Giuseppe Saragat, laico y masón, un comunicado oficial en el cual se afirmaba:
“La campaña calumniosa contra la memoria del Sumo Pontífice Pío XII, orquestada desde algunos órganos de prensa italianos, es vigorosamente deplorada por el gobierno italiano, del que forman parte hombres que son testimonio viviente de la paternal solicitud del añorado Pontífice en la defensa de los valores supremos de la humanidad y de la civilización”
Y, el 10 de junio de 1964, en respuesta a una interpelación parlamentaria comunista, el propio Giuseppe Saragat confirmaba que el comunicado del 24 de mayo había sido redactado por invitación del Vaticano “disgustado por la intensificación de la campaña contra la memoria de Pío XII”, y que él estaba convencido personalmente de que Pío XII había sido un gran Papa y que, la campaña dirigida contra él, por fines partidistas y durante varios años después de su muerte, “es inaceptable, no sólo para los católicos, sino para todos los hombres de buena voluntad”.
En los primeros meses de 1965, el gobierno israelí presionaba ante el Teatro nacional judío para que no representara el drama “El Vicario”, para no comprometer las relaciones que mantenía, extra oficialmente, con el Estado del Vaticano.
Parecen haber pasado siglos y, sin embargo, es historia de ayer, han transcurrido sólo 45 años.
Hoy, Benedicto XVI, además de ser recibido en la sinagoga de Roma, consiente en distinguir entre las virtudes humanas y las responsabilidades históricas de Pío XII, es decir que no excluye que las acusaciones vertidas contra este último desde la comunidad judía puedan responder a la verdad.
Tras haber asistido, indiferente, al dolor y al asesinato de palestinos dentro de la Basílica de la Natividad, en Belén, aquel considerado como el lugar más sagrado de la cristiandad, el Vaticano ha superado ampliamente el calvario de la rendición total al gobierno de uno de los más pequeños Estados del mundo, Israel, que hasta la llegada de Juan Pablo II mendigaba la gracia de una audiencia papal: hoy ordena, manda, dispone, impone.
Nadie se ha preguntado todavía qué ha ocurrido en casi medio siglo dentro del Vaticano; a santo de qué la religión católica se ha descubierto como inferior frente a la judía; obligado a implorar una visita a la Sinagoga mientras el rabino mayor de Roma no se digna a solicitar una audiencia al Papa.
Conocemos las fechas que señalan el inicio oficial del proceso de auto-destrucción de la Iglesia católica: el advenimiento de Juan Pablo I y el inmediatamente posterior, de Juan Pablo II.
No es difícil de imaginar que la decisión del Papa Luciani de convertir San Pedro en sinagoga y poner a Cristo de rodillas ante Jehová, hubo de suscitar reacciones muy duras dentro de la Iglesia católica y de la jerarquía eclesiástica.
Es verdad que Juan Pablo I murió por parada cardiocirculatoria al cabo de pocas semanas.
Sin embargo, el lobby de los cardenales americanos, alemanes y franceses, consiguió imponer como su sucesor al polaco Karol Wojtylla que estaba totalmente decidido a llevar a término lo que su predecesor no había podido iniciar a causa de su repentina muerte, siendo así que toma el nombre de Juan Pablo II y da comienzo a su obra pro-judía.
Será casualidad, pero es precisamente a él, el 13 de mayo de 1981, al que un turco -siguiendo de órdenes de jefes todavía desconocidos- disparará en la plaza de San Pedro. Juan Pablo II se salva gracias al chaleco antibalas que lo protege y dejará que la desinformación haga circular la fábula de que el comunismo internacional ha intentado asesinar a un papa polaco y anticomunista.
Sin embargo, el frustrado magnicida, Alí Agca, tras haber sido devuelto a Turquía, y encarcelado todavía, dirá a un periodista que “el diablo está en el Vaticano”.
Palabras sibilinas, quizás, para los oídos que no conocen bien la historia de la Iglesia de Roma de la que mana más sangre que incienso.
La pregunta es ¿cuántos, intuyendo lo que habría de suceder dentro de las jerarquías eclesiásticas, han pensado que la muerte de un papa decidido a destruir la Iglesia de Roma fuera el único remedio final?
No se pueden avanzar hipótesis acerca de los superiores de Alí Agca, pero hay que excluir totalmente el complot comunista que usa a un turco de religión musulmana para eliminar a un Papa que, en Polonia, había coexistido de común acuerdo con el régimen comunista, pero que estaba decidido a convertir a la Iglesia de Roma en apéndice del Templo de Jerusalén.
Precisamente son los musulmanes, junto a los verdaderos católicos, los otros grandes derrotados por el giro filo-israelí de la Iglesia católica, a la cual miraban en rigor, hasta Pablo VI, como aliada y que, hoy, perciben como enemiga.
Sea cual fuere la verdad, un Pontífice romano partido en dos, humillado, vencido irá a la Sinagoga a llevar el homenaje y la devoción de la ex Iglesia católica, apostólica y romana.
Dentro de algunas decenas de años, la población de los Estados Unidos de América será en su gran mayoría católica y con ella sus dirigentes, pero la gran enemiga del judaísmo, la que condenaba al pueblo hebreo como “deicida” y rezaba por la conversión de los “pérfidos judíos” ya no existe; y en Jerusalén como en Wall Street pueden dormir tranquilos: el lobby judío puede seguir haciendo en los Estados Unidos lo que ha hecho siempre: Mandar, con la bendición de la Santa Romana Iglesia.
Amén.


Vincenzo Vinciguerra, Opera 16 enero 2010



Viernes, 29 de Enero de 2010 17:11. antagonistas #. Vinciguerra

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