EL IMPERIO DEL MAL (I)

por Adriana Negroni y Mario Marletta
Artículo publicado en Avanguardia, nº 274, Noviembre de 2008
Ya desde finales de los años 50, los Estados Unidos de América estaban transformándose rápidamente de país acreedor a primer deudos planetario; tras haber superado indemnes el segundo conflicto mundial empezaron a afrontas los enormes costes del proyecto de guerra permanente que el nuevo papel de gendarme planetario les había impuesto. El lento agotamiento del mercado alimentado por las carnicerías de masas en Europa, entre 1914 y 1945, y el mantenimiento de las basas militares en el exterior, incluso con el solapamiento parasitario que ha permitido descargar gran parte de los costes sobre las comunidades locales –de Okinawa a Vicenza-, ha redimensionado la penetración de los capitales americanos en el exterior, no obstante Corea, Vietnam y otros muchos teatros menores de guerra.
El odio anti-islámico ha permitido a los belicistas judeo-americanos otros cuatro decenios de especulaciones en Oriente Medio. Si, por ejemplo, en el transcurso del siglo pasado Irak había sido una gran vaca a ordeñar, a partir del 2003 se ha convertido en un desastre financiero. Ciertamente, la administración Bush no habría sostener los costes de mantenimiento de las tropas de ocupación en aquel escenario de guerra sin el colosal financiamiento de alemanes, japoneses, y sobre todo chinos.
Si la Europa, militarmente superada en 1945, ha sido mantenida bajo el control del poder de persuasión oculta, también por la pusilanimidad de sus pueblos privados ya del sostén divino, el mundo musulmán chiíta y algunos sectores sunnitas todavía espiritualmente íntegras no pueden ser sometidas en absoluto al capitalismo si no es con la violencia y la imposición de un estado de guerra permanente.
Es sobre esta base inicua que se apoya la economía democrática, y lo que explica por qué desde la guerra de Secesión ninguna guerra ha sido combatida sobre suelo americano, su indiscutible baluarte político; América sirvió de banca mundial y a la vez de fábrica de armamento para todas las guerras del mundo y si un solo conflicto contemporáneo hubiera sido combatido sobre su territorio, el modelo parasitario judaico se habría ido pronto al garete. Es obvio que quien pretende apropiarse de los beneficios derivados de las guerras de otros debe mantener alejados los conflictos en su propia casa.
Entre 1941 y 1945 el Eje sufrió una cantidad de ataques aéreos tal como para aniquilar su producción bélica, mientras América continuaba vomitando el fuego y el acero de sus intactos arsenales sobre toda la Europa fascista, España excluida: he aquí la verdad sobre la razón de aquella derrota, incluyendo el sacrifico de millones de nuestros camaradas.
El capitalismo, desde que existe, sobrevive solamente por el beneficio de las rentas generadas por el ahorro de los pueblos laboriosos. El ahorro, por su intrínseca naturaleza, presupone permanencia, es decir: la civilización del ser, y el capitalismo tiene terror a la permanencia, siendo su naturaleza demoníacamente dinámica, en transformación permanente. La ley de endeudamiento vinculada al concepto mismo de capitalismo es la antítesis del ahorro, así como el capital fluctuante es la antitesis de la riqueza basada en la tierra, es decir la única riqueza de los pueblos. Ahora bien, sin no se comprende que el liberalismo no puede ser el antídoto del ultracapitalismo (siendo éste una radicalización de aquel), sino aspecto de la misma enfermedad, se acaba en un círculo vicioso como hacen todos los economistas de salón televisivo del régimen.
En los últimos treinta años, a la ya calamitosa economía americana se le han sumado los efectos del hiperliberalismo, según los parámetros de la “revolución del Estado mínimo”: a la menor carga fiscal sobre las clases poseedoras ha correspondido un cada vez más agresivo sistema de desregulación. Si en 1981 el gobierno federal gravaba el 75% de las rentas más altas, a finales de 1988 la parte alícuota impositiva había descendido al 33%. Como ya sucediera en el pasado, la consolidación del modelo neocon ha institucionalizado de hecho el apartheid de los pobres en cualquier ámbito en que se haya establecido. Síntoma de este malestar es el masivo abstencionismo electoral: desde hace años la fatídica barrera del 51% no se ha rozado si quiera, cosa que habría debido invalidar las últimas elecciones presidenciales [escrito antes de la elección de Obama, NdT.] Existe en América un denso bosque de desesperados privados ya de elementales criterios asistenciales que no está ni siquiera censado. También en este aspecto Europa está progresivamente americanizándose. La vergonzosa situación en que se hallan la sanidad y la enseñanza públicas es hija de la liberalización social nacida en América a principios de los 80. Instruirse, además que convertirse en una carga insostenible para las familias de clase media, significa casi siempre beber de una fuente envenenada. Trasladar la empresa a las escuelas, equivale a producir un doble daño: privatizar la enseñanza adulterándola y haciendo de ella un negocio.
Sin ir más lejos, no resulta asombroso que el 45% de los americanos adultos sea incapaz de situar Sudamérica en el mapa y que en su mayoría tenga dificultades en hablar correctamente el inglés, una idioma ya de por sí bastante elemental. Tal cosa va tomando forma en Italia según el plan Tramonti-Gelmini que tiene por objeto la lenta laminación de la educación popular, obligatoria y gratuita, lo que en un tiempo en Europa representaba un derecho intocable.
Pero estas son las contradicciones de la época de las masas: si la propagación capitalista necesitaba en un primer momento el apoyo popular para erosionar las bases de los antiguos regímenes, alcanzados sus objetivos estratégicos ha vuelto las espaldas a esas mismas masas durante tiempo exaltadas maquiavélicamente. La máquina infernal alimentada por la usura judaica y agente subterráneo en Europa durante una indefinida sucesión de siglos, culminados sus objetivos de poder ha arrojado la máscara de la humildad y del disimulo igualitario: así la tan cacareada “voluntad popular” ha terminado por servir a la causa de las elites financieras. Hoy, con el definitivo asentamiento del ultracapitalismo las masas reciben el pago de su traición, aunque esto solo resulte comprensible a quien tenga conciencia suficiente de la tercera dimensión histórica de sucesos que han rediseñado la geopolítica europea en los últimos doscientos años.
La dicotomía instaurada entre la enseñanza de alto nivel reservada a una exigua y privilegiada minoría y un sistema de educación primaria y secundaria a la deriva es uno de los objetivos que el gran parásito se había prefijado eligiendo la coalición de centro derecha. Obstaculizando el acceso a un conocimiento real se vuelve más maleable la conciencia del individuo masificado, del mismo modo como se convierte al trabajador precario en un dócil instrumento si se lo acostumbra a la “flexibilidad”. Las leyes para reconversión del mercado laboral han debilitado paulatinamente los derechos sindicales de los trabajadores; particularmente, en el interior del área de los países miembros de la Unión Europea se ha levantado una polémica entre los defensores de un sistema de previsión social del tipo alemán y los que por el contrario, siguiendo como modelo el neoconservador angloamericano, han buscado el progresivo desmantelamiento de la previsión social.
“No hay nada que favorezca más la pereza y la irresponsabilidad que la previsión social”, rezaba un viejo aforismo calvinista. Las leyes de flexibilidad laboral ocultan la necesidad de optimizar beneficios empresariales: si se quiere que los esclavos del siglo XXI rindan al máximo, es preciso pagarles sobre la base de su servicio individual, y punto. La introducción del “paquete Treu” y de la “ley 30” en Italia asume semejante cometido. (1)
Aquí la idea clásica del trabajo, coincidente con la inspiración, con el arte, con la gratificación interior de la obra bien hecha, cual fundamentos propios de las viejas corporaciones artesanas; es totalmente aniquilada en nombre de la productividad forzosa y de la opresión del trabajador.
“El trabajo del auténtico campesino, como el del verdadero trabajador, consiste en una labor solitaria: se aplica a su actividad en silencio, lejos del resto del mundo. Vive en su creación como vive un artista y no desearía venderla ni si quiera en el mercado. Entre los llantos de la campesina la ternera preferida es sacada del establo y llevada al matadero; el viejo tallador lucha por su pipa, que el comerciante anhela adquirir” (2)
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