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Crítica Social

Pascual Serrano: Contra la desinformación

Pascual Serrano: Contra la desinformación

Mariló Hidalgo / Fusión



-Puedes leer diariamente los periódicos, escuchar los informativos y en cambio estar desinformado. ¿En qué consiste esta desinformación? ¿Qué mecanismos utiliza?


-Los métodos son numerosos y complejos, no se trata sólo de que existan la mentira -que también-, sino que son más sutiles. Es importante aclarar que se trata de dos tipos de desinformaciones: la estructural, resultado de un formato informativo que simplifica, se entrega a la espectacularidad y la trivialidad y omite elementos de antecedentes y contexto; y la ideológica, que se produce cuando existe una clara intención de deformar una realidad concreta. En mi libro “Desinformación” se explican con más detalle.


-¿Detrás de la desinformación existen motivos ideológicos o económicos? ¿Cómo orquestan los medios campañas para desinformar?


-Depende de qué asunto, conflicto o región se esté tratando en la información. Sobre Africa por ejemplo, se produce un apagón informativo y la presentación tribal de conflictos que tienen detrás intereses del primer mundo. En el caso de América Latina se recurre a la satanización de líderes políticos de izquierda. En Asia, la ausencia de contexto, con el ejemplo más evidente del conflicto palestino-israelí.
 

-Tus artículos y libros ponen dejan patente que te has convertido en un especialista en detectar las trampas del poder en cuanto a lenguaje periodístico se refiere. El caso de América Latina es un ejemplo. ¿Qué está pasando allí y qué se quiere silenciar?


-En gran parte de América Latina se están desarrollando gobiernos de izquierda que han llegado al poder por medio de las urnas y se están poniendo en marcha políticas progresistas que dejan en evidencia las desastrosas políticas neoliberales de las anteriores décadas. Esto es una muestra de que en realidad se pueden cambiar muchas cosas. Eso ha hecho que los grandes grupos de comunicación estén liderando la oposición política a esos gobiernos, y mostrando que la información y la libertad de expresión para ellos, es sólo una coartada para agredir a esos gobiernos y sus políticas de izquierda. El resultado es una agresividad y una manipulación mediática sin precedentes en la historia.

"El ciudadano se está acostumbrando a noticias breves y superficiales en prensa escrita, y espectaculares y vacías en los medios audiovisuales".

-La información, sin relación, sin antecedentes, sin contexto puede ser insufrible, ¿Cómo conseguir esa interacción para que realmente llegue al ciudadano?


-No es fácil, el ciudadano también se está deformando porque se está acostumbrando a noticias breves y superficiales en prensa escrita, y espectaculares y vacías en los medios audiovisuales. Hay que hacerle ver que seguir siendo consumidor de esos formatos no sirve para estar informado. Que compruebe que no tiene conocimiento ni comprende los acontecimientos internacionales, y que ante modelos así, es preferible apagar la televisión y cerrar el periódico para sustituirlos por un libro o un buen reportaje escrito.
 

-Mentalmente asociamos la censura a las dictaduras pero las cosas han cambiado ¿Qué es hoy la censura y qué elementos novedosos se han introducido?

 


-Principalmente lo que yo llamaría ruido mediático. Es decir, paja informativa que impide diferenciar la información valiosa de la superficial, incluso falsa. El resultado acaba siendo tan efectivo para la desinformación como la censura. Si al ciudadano le mezclan la información verdadera con la falsa y no puede diferenciarla, es como censurar la primera.


-Hablas continuamente de la necesidad de cambiar el modelo informativo. ¿Qué papel debería de jugar en todo ello el Estado?


-Su papel es fundamental. Por un lado, mediante el desarrollo de medios de propiedad pública, eso sí, con mecanismos de control y participación democrática que garanticen que no son meros portavoces de gobiernos o partidos. Por otro, apostando desde los poderes públicos al desarrollo de medios alternativos y comunitarios. La ley audiovisual recién aprobada en España que limita el presupuesto de una radio sin ánimo de lucro a 50.000 euros anuales y el de una televisión a 100.000 es un ejemplo de la política contraria.

"El ruido mediático impide diferenciar la información valiosa de la superficial. El resultado acaba siendo tan efectivo para la desinformación como la censura".

-La famosa web Wikileaks publicó hace unos días 92.000 archivos filtrados del ejército de EEUU sobre la guerra de Afganistán -un período comprendido entre 2004 y 2009-. Estos documentos son una especie de diarios de guerra redactados por los soldados que detallan acciones militares y matanzas de civiles, entre ellos niños. Tres medios de renombre se hacen eco de la información: New York Times, The Guardian y Der Spiegel. Con ello quiero plantearte varias cuestiones. La primera, ¿qué supone una filtración de este tipo en estos momento (aseguran que es una de las mayores de toda la historia)?

 


-Sin duda es una aportación a la transparencia. El hecho de que eso haya debido suceder de forma clandestina por parte de militares y violando la ley, muestra que no vivimos una democracia informativa.


-En segundo lugar, la historia nos demuestra que toda filtración es interesada. ¿Qué opinas en este caso?

 


-El que sea interesada no quiere decir que sea negativa. Puede haber un interés por denunciar la ocupación de un país, por defender los derechos humanos de los civiles asesinados, etc... Ahora bien, quiero destacar que esa información ha debido pasar por el embudo de esos tres medios que has dicho, lo que muestra que siguen teniendo en gran parte la llave de la difusión de la información.


-Cambiando de tema. No crees que debería de incluirse en los institutos una asignatura que nos ayudara a despertar la curiosidad, a leer detrás de la información que nos llega, a participar, debatir, reflexionar...

 
-Por supuesto, siempre me ha parecido absurdo que en los colegios e institutos se establezcan actividades como hacer una revista colegial y nunca enseñar a usar los medios de comunicación. Esos niños, en un futuro, no van a hacer revistas, en cambio sí van a leerlas. Encuentro más lógico educarles en lo segundo que en lo primero.

"Siempre digo que lo primero para conocer un medio es saber quiénes son sus dueños. El mero hecho de que sean un grupo de personas sin intereses económicos ya supone un gran aval".

-Eres miembro y fundador de la publicación electrónica Rebelión, un medio alternativo de referencia. ¿Qué es lo que da credibilidad a un medio de comunicación?

 


-En primer lugar, saber que detrás no existe un interés empresarial, ni un objetivo de rentabilidad, ni influencia de la publicidad. Eso es fundamental, por eso siempre digo que lo primero para conocer un medio es saber quiénes son sus dueños. El mero hecho de que sean un grupo de personas sin intereses económicos ya supone un gran aval. Después, hacen falta más elementos a observar, incluido la credibilidad de sus firmas.


-Detrás de lo que escribes siempre hay una invitación al lector para que desconfíe... ¿De qué debe desconfiar?


-Como en todos los ámbitos, en la información se debe desconfiar del dinero. Si un médico gana dinero recetando una medicina, desconfiaremos cuando la prescriba; si un maestro ganase dinero con cada libro que recomendase, tampoco nos fiaríamos de sus sugerencias. Creo que el negocio pervierte todo, por eso, al contrario de lo que afirman los neoliberales, creo que la rentabilidad económica no da independencia, sino que la sepulta.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

Contra la Movida Madrileña: posmodernidad a la española

Contra la Movida Madrileña: posmodernidad a la española

 

por Comité Robespierre

 

 

Sombras y miserias del movimiento contracultural que tuvo lugar en los años ochenta, financiado por el PSOE a golpe de subvención pública.

 

Con el derrumbe de la Unión Soviética y la caída de la Europa del Este, muchos vaticinaron el fin de la historia. Las ideologías habían muerto y una ola de desencanto recorrió cada rincón del planeta. Mientras los niños iraquíes saltaban en pedazos, Baudrillard se empeñaba en que la guerra del golfo no había tenido lugar. Los estadistas políticos se felicitaban y en Wall Street corría el champaña entre carcajadas y pellizcos en el trasero a las secretarias.

Teníamos razón, nuestro modelo de organización era el único viable o como se empeñaban en decir desde la socialdemocracia antiguos maoístas hoy notarios o profesores de universidad, era el menos malo de los modelos. Ahora estábamos a salvo. Ese invento llamado postmodernidad servía de coartada para rematar cualquier viso de compromiso social o ético, invento que bien podría resumirse como «una actitud más frívola de diseño, fiesta y cinismo de terciopelo que invade revistas de cultura, debates públicos y comportamientos cotidianos […] repleto de conceptos sintomáticos como repetición, exceso, detalle, fragmento, metamorfosis, inestabilidad, desorden, caos, perversión, laberinto…»[1] En realidad hoy podemos arriesgarnos a sentenciar que más allá de una actitud, una conciencia (o falsa conciencia) de una época definida o un método de análisis de la realidad, la posmodernidad no fue más que un periodo histórico concreto, un puñado de años en los que la batalla ideológica se decantó de parte de los buenos, los que creían en el mundo libre, rápido y flexible. Dicho fenómeno tiene poco de extraordinario o inusual, aunque algunos se empeñaran en que habíamos llegado a un No-punto de la Historia, a una No-Historia, o lo que es peor, a una post-historia.

Sencillamente se enmarca en la estrategia capitalista que tiene por meta última sepultar cualquier viso de alternativa a la forma de organización política y económica existente[2], en otras palabras, la posmodernidad no fue más que un modelo de propaganda en un periodo concreto que obtuvo muy buenos resultados, una acertada campaña de marketing.

En España y como suele ser costumbre, nos subimos tarde y mal al carro de lo posmoderno, salto al vacío que se percibía muy complejo tras 40 años de oscurantismo cultural y represión abierta. Lanzarse al pozo de la fragmentación y lo frívolo, zambullirse en la ciénaga nihilista del todo vale y retozar con el lema No hay alternativa sin mancharse las manos de mierda y sangre, se convertía en una difícil tarea, pero se hizo, vaya si se hizo, de la noche a la mañana además y a golpe de subvención. No existe ningún fenómeno que ilustre de forma más propicia y adecuada, el desembarco de la posmodernidad en nuestro país como fue ese engendro llamado movida madrileña. Ahora con cierta perspectiva histórica es el momento de plantearse qué fue y qué nos ofreció la tan cacareada y vanagloriada movida madrileña.

Lo primero de lo que debemos cerciorarnos al abordar dicho monstruo cultural, es que junto a la famosa transición democrática, es de los pocos hechos o periodos que gozan de una visión positiva e incuestionable por parte de los media, existe una unanimidad más que sospechosa a la hora de valorar la movida, no importa que el periodista sea de ABC o La Razón, o de El País o Público, todos la ensalzan como un periodo casi mágico y lo que es peor, necesario, circunstancia que debería habernos puesto en alerta desde hace tiempo. La movida es junto a la transición y la monarquía, uno de los mitos mejor asentados en el imaginario colectivo español, muy pocas voces se atreven a cuestionarla. Yo como soy de los malos, de los que no se creen el cuento del mundo libre, rápido y flexible, romperé una lanza.

No podemos olvidar el contexto mundial en el que se produce la movida, los pérfidos años 80, falta todavía por escribirse el ensayo perfecto que narre con exactitud el verdadero advenimiento de oscuridad que supuso la llegada de dicha década prodigiosa: Reagan, Thatcher, techno pop, heroína, postmodernidad, permanentes rizadas y laca, sida, películas de Almodóvar, video clubes, discos de Mecano, la muerte de Steve Mcqueen… En un contexto tan poco propicio para los movimientos contraculturales surge la movida, la misma que bajo mi parcial y dogmática opinión, no fue más que un puñado de grupos de lo más mediocre, de una calidad ínfima, una ceremonia del mal gusto y lo cutre, un aquelarre de inofensivo nihilismo[3] que se le metió con calzador y sin vaselina a unas masas alienadas que terminaron siéndolo un poco más cuando concluyó el proceso, tutelado de principio a fin por las instituciones. Todo ello, por mucho que algunos críticos músico/culturales a sueldo de PRISA se empeñen en tildar dicho periodo como la edad de oro de pop español.

Ver a Pedro Almodóvar (gurú incontestable de la posmodernidad española) vestido únicamente con unos dodotis talla XXL, rodeado de grotescos personajes y berreando aquello de quiero ser mamá, incitando a su bebé a prostituirse, se me antoja cualquier cosa menos [post]moderno. Eso tiene un nombre y poco tiene que ver con actitudes culturales consagradas al nihilismo y la frivolidad neoliberal, se llama esperpento y lo acuñó Valle Inclán hace muchas décadas, incluso antes de que Jean-François Lyotard escribiera su tan emblemática obra La condición posmoderna.

Que artistas como Antonio Vega y Carlos Berlanga estén considerados verdaderos genios y visionarios, debería hacernos plantearnos muchas cuestiones. Antonio Vega, por mucha heroína que se inyectase, nunca dejó de ser un letrista vulgar, sólo hay que analizar tibiamente el texto de la obra cumbre de la movida: Chica de ayer, algo que dejamos al libre albedrío del lector, nos basta con recordar la lista de grandes artistas que la han versioneado; El canto del loco, Enrique Iglesias... La brillante metáfora nunca utilizada de, tus cabellos dorados parecen el sol, pone de manifiesto la elevada profundidad de un texto quizá demasiado complejo para dinosaurios marxistas de mi condición. El diario El País publicó una encuesta entre sus críticos musicales que sitúa Chica de ayer como la mejor canción de la historia del pop español, pues oye si lo dice El País

Por su parte Carlos Berlanga y sus sintetizadores galopantes con Alaska gritando banalidades como que su novio es un zombie o aquello de terror en el súper mercado, hacían de lo posmoderno religión en nuestro país. A ello hay que añadir títulos como Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón, imperdibles en las narices, permanentes y hombreras, y el alcalde de una capital como Madrid incitando a la juventud a que se colocara, como suena.

Lo más gracioso del proceso es que, mientras a golpe de subvención se colocaba en el mapa a artistillas niños de papá (empezando por Berlanga) [hijo de un famoso director de cine] que celebraban la frivolidad más dantesca como símbolo inequívoco de una generación, en otro lugar se gestaba una verdadera revolución músico-cultural, realmente urbana, transgresora y contracultural y de corte eminentemente independiente: el rock radical vasco[4].

Grupos como Kortatu, La polla records, Eskorbuto o Barricada, daban voz a esa otra cara de la España moderna silenciada por los grandes medios; la heroína, la salvaje reconversión industrial, las aspiraciones nacionales, el terrorismo de estado, los abusos patronales, los despidos masivos.... Unos años de plomo y sangre que la movida no dibujó ni plasmó, se dedicó a ocultarlos a ritmo de sintetizador barato, retozando con unas instituciones profundamente corruptas (como se demostró no mucho más tarde) que venían de pactar la venta al mejor postor de la clase obrera en esa operación de maquillaje llamada comúnmente transición democrática, la pérfida Ana Torroja y su grupo Mecano no lo podrían haber descrito mejor: no me mires no me mires déjalo ya, que no me he puesto el maquillaje […] mira ahora mira ahora mira ahora, que ya me he puesto a la moda… Estrofa que define a la perfección la artificialidad y la trampa de la transición.

Los hechos son al menos muy interesantes: conforme la reestructuración industrial y el desempleo masivo siembran el desasosiego entre la juventud española de principios y mediados de los ochenta[5], tres fenómenos socio/culturales aparecen en la escena. Por una parte el auge –financiado a golpe de subvención pública– de la conocida Movida Madrileña, por otro lado la aparición de las macrodiscotecas y after hours que no cierran en todo el fin de semana. La famosa ruta destroy (bautizada del bakalao por los grandes medios a principios de los 90) aglutina a jóvenes de Madrid y Barcelona e incluso Sevilla o Bilbao, que acuden a la huerta valenciana a disfrutar de un fin de semana sin dormir a ritmo de anfetaminas. Por último la extensión de la heroína, a precio de saldo en el mercado por aquellos días.

Los tres fenómenos convergen al mismo tiempo en determinado contexto histórico y social, y los tres conllevan un elemento disuasorio común, las drogas. De forma perpetrada o planificada o haciendo la vista gorda, el hecho incuestionable es que la aparición y extensión de la droga como mecanismo alienante y disuasorio en nuestro país (evidentemente el individuo que consume droga no se plantea ni se moviliza por el porqué de las cosas) coincide con el periodo de mayor crecimiento de las tasas de desempleo, la expansión de la temporalidad y con la mayor y más desestabilizadora reconversión industrial que ha conocido la España moderna. No ver la relación es no querer abrir los ojos, sólo hay que empezar a encajar las piezas.

Entretener a las masas mientras nos colaban la transición

La movida madrileña no fue más que la perfecta cortina de humo, la operación de maquillaje cultural que necesitábamos ante nosotros mismos y ante el mundo, para subirnos al carro neo-liberal de los recortes, las políticas de austeridad y la entrada en la organización terrorista del Atlántico Norte. Nos empaquetaron el punk en la cola de El Corte Inglés, nos vendieron a los Sex Pistols pero se olvidaron de The Clash, primaba la provocación, pero dentro de unos límites claro. La movida no fue más que los últimos destellos, los últimos coletazos del tardo-franquismo, que tras colarnos la monarquía, Los pactos de Moncloa y una ley electoral injusta y profundamente anticomunista, quería tener a las masas entretenidas y alienadas en extremo para eso mismo, para que nadie cuestionara el proceso de maquillaje que enterraría a los trabajadores en un periodo de oscuridad y precariedad digno de las novelas de Dickens, ya lo dijo paquito, todo atado y bien atado.

La historia, aunque muchos vaticinaran su colapso, se puso de nuevo a caminar, y como el tiempo, deja a cada uno en su lugar. Sólo hay que echar un vistazo a todos aquellos gurús posmodernos y observar quién firma sus nóminas: Almodóvar se dedica (al margen de rodar nefastos filmes) a rubricar manifiestos en contra de Cuba por orden de Rosa Montero o a guardar espectral silencio respecto a la presencia de nuestras tropas en Afganistán. El rey del pollo frito (al margen de recibir merecidos pedrazos en el Viña Rock) se dedica a debatir en programas culturales como Crónicas marcianas, eso cuando no está recaudando fondos para la SGAE en conciertos benéficos, bodas o salones de peluquería. El productor de «la mejor canción de la historia del pop español» (el usurero Teddy Bautista) es curiosamente el presidente de la SGAE, una de las instituciones más odiadas por los españoles. Ana Torroja se consagra a engañar al fisco y vivir de las rentas, más de lo mismo podemos decir de Miguel Bosé, su complejo de Bowie y sus discos y giras del Papito, toda la vida cantando los mismos jodidos temas una y otra vez, lo de este chico es demencial. Alaska se entrega a su amigo Federico Jiménez Losantos y es una habitual del canal de extrema derecha Intereconomía, Loquillo hace lo propio con César Vidal, impagable la entrevista dialogando de country racista sureño, mientras el resto de músicos se dedican a lloriquear como colegiales por culpa de la piratería.

No asumen que el público prefiera ir a cualquier concierto minoritario de punk o hip hop, de la misma forma que no asumen que cualquier rapero mediocre tenga letras más elaboradas y profundas que Carlos Berlanga o Antonio Vega. Francisco Umbral (el cronista de la movida) terminó hablando de su libro en las páginas de El Mundo defendiendo a José María Aznar, de Fernando Savater mejor no hablamos y por su parte Agatha Ruiz de la Prada (la pionera de la o­nda fashionista) se casó con Pedro Jeta Ramírez [director de El Mundo].

Todas las piezas encajan, forman parte de un todo: ese mundillo progre profundamente endogámico que desde hace décadas monopoliza el mundo de la cultura española a través de las subvenciones del ministerio de cultura. Y como las casas reales, fornican entre sí para perpetuar el linaje, lo cual explica la nula capacidad intelectual de algunos y la disfunción mental de otros, pero se les acaba el chollo, internet y su oferta de cultura libre los está desbancando a patadas, no podemos más que esbozar media sonrisa nerviosa cuando se reúnen con la ministra de cultura para hacer el signo de la ceja y criminalizar el top manta. Es entonces cuando, ataviados con un bolso de Prada, millones de euros en su cuenta y su residencia en Miami o Andorra, aúllan aquello de ¡nos estamos muriendo de hambre! Y no les falta verdad, tienen hambre de flashes, de ego, de royalties, de portadas, de monopolio…

No merecen compasión alguna, eran puro simulacro burgués, estaban en nómina entonces y siguen estándolo ahora, con unas cuantas arrugas apenas estiradas por interminables sesiones de cirugía estética, momias del mundo del espectáculo (en el sentido Debordiano del término) que deambulan por el bulevar de los sueños pagados a golpe de subvención sociata. Lo que sucede es que la posmodernidad es una máscara que puede resistir el envite de trabajadores en huelga o muchas noches de anfetaminas en el Rock-ola, pero no puede resistir el paso del tiempo, el peso de la historia.


Notas:

[1] Una cultura de la fragmentación. Pastiche, relato y cuerpo en el cine y la televisión. Vicente Sánchez Biosca. Ediciones Textos Filmoteca Valencia

[2] El famoso eslogan de la inefable Margaret Thatcher «T.I.N.A.» (There is no alternative) que venía a decir algo así como: joderos porque no hay alternativa.

[3] Tan diferente del nihilismo radical de Eskorbuto y su anti-todo.

[4] Es menester recordar que no toda la movida fue un cataclismo de oscuridad, de la quema en la hoguera salvamos por supuesto los guiones de La bola de cristal ( http://www.lahaine.org/index.php?p=19129 ), Aviador dro (verdadera vanguardia musical) y a Parálisis permanente y Siniestro total, poco más.

[5] Hay que recordarle al lector que durante esos años que la movida quiso vendernos teñidos de apoliticismo y un carnaval permanente, se produjeron en España conflictos sociales de importante envergadura que desembocaron en situaciones casi pre-insurreccionales: la batalla de euskalduna, la entrada con tanquetas de la Guardia Civil en Reinosa, la marcha de los trabajadores de los Altos Hornos de Sagunto en Valencia… Luchas en las que los abusos por parte del estado y las fuerzas y cuerpos de seguridad fueron una constante, desde el empleo de munición real en las manifestaciones, a detenciones masivas y arbitrarias.

 

Enrique GIL CALVO: "LA REVANCHA DE LOS MERCADOS"

Enrique GIL CALVO: "LA REVANCHA DE LOS MERCADOS"

08/06/2010

Bien a nuestro pesar, la economía española está protagonizando, como víctima propiciatoria, lo que cabe llamar la segunda ronda de la crisis del crédito por la que atraviesa el capitalismo occidental.

Según se dice, somos el nuevo enfermo de Europa, en la medida en que nuestra solvencia crediticia amenazaría ruina y nuestro gran tamaño determina que una posible quiebra española arrastraría al euro consigo. Todo lo cual ha desatado una epidemia de histeria colectiva tanto mediática (los blogs de la prensa color salmón rivalizan en escándalos con los de la prensa rosa) como financiera (las demás Bolsas se estremecen de volatilidad mientras la española se hunde en caída libre) como política (presas del pánico, los gobernantes conspiran en el Ecofin cayendo en la más estéril cacofonía). De modo que parece a punto de cumplirse la profecía de Niño Becerra, el economista que auguró el crash de 2010.

 

¿Qué está pasando?

Una explicación plausible es entenderlo como una nueva fase en la guerra abierta entre los Estados y los mercados por el control del capitalismo crediticio actual. Como se sabe, la energía que mueve a la economía post-industrial es el flujo crediticio: un caudal que, cuando se embalsa formando burbujas especulativas, tiende a desbordarse anegando con sus deudas insolventes la economía real.

Y así ha vuelto a ocurrir esta vez con la crisis del crédito a la que me referí antes, que ha cursado como un proceso en dos fases. En su primera ronda, iniciada en 2008 con la burbuja de las hipotecas subprime, la causante de la crisis fue la ingente deuda privada imposible de refinanciar. Y para remediarlo, los Tesoros públicos acudieron al rescate de los mercados privados: se proclamó el estado de excepción, se decretó la guerra contra la crisis, se "nacionalizó" la economía, se suspendieron las leyes de la oferta y la demanda, se avaló la deuda privada con la garantía pública del Estado, y se inyectó liquidez ilimitada a tipo cero.
 
Así fue como se sentaron las bases de una burbuja de deuda pública que ahora acaba de estallarnos entre las manos. Es lo que está ocurriendo durante esta segunda ronda, en la que todo sucede, exactamente, a la inversa que hace dos años. Ahora la deuda insolvente imposible de devolver o refinanciar ya no es la deuda privada sino la pública acumulada por los Tesoros estatales. Y quienes acuden a su rescate para refinanciarla son ahora los propios mercados privados, que suscriben los bonos de deuda pública emitidos por los Estados en crisis.

Pero con una gran diferencia entre ambas rondas: y es que, en la de hace dos años, se avalaron las deudas privadas a interés cero para facilitar su más pronto rescate, mientras que en esta segunda ronda las deudas públicas se suscriben a precios de mercado.

Es decir, a un tipo de interés tan elevado, que en el caso español cabe calificar de usurario, lo que prolongará la duración de esta crisis de deuda hasta las calendas griegas. Todo ello de acuerdo a las leyes de la oferta y la demanda, que en esta segunda ronda, a diferencia de la anterior, no han sido suspendidas, sino confirmadas por el nuevo consenso de Washington, impuesto por los mercados.


 
¿Cómo explicar este giro estratégico?

Muy sencillo: la balanza de poder entre mercados y Estados ha vuelto a invertir su signo, recuperando los primeros su predominio hegemónico sobre los segundos.

Como dije, esta crisis crediticia es una batalla de poder entre Estados y mercados cuya primera ronda supuso la momentánea victoria de aquellos en el curso 2008-2009, mientras que esta segunda ronda está suponiendo la derrota de los Estados deudores a manos de sus mercados acreedores.

Se recordará que hace solo dos años se decía que el neoliberalismo había muerto y que el Estado interventor keynesiano regresaba por sus fueros para controlar a los mercados y someterlos a su poder. Era la época en que los culpables de la crisis nos parecían los inversores privados (los bancos, los hedge funds, etcétera), mientras que los salvadores eran los poderes públicos: reguladores estatales, rescates keynesianos, etcétera.
 
Bien, pues solo fue un sueño que apenas duró un curso académico. Hoy se impone de nuevo el realismo crediticio y quien vuelve por sus fueros es el victorioso mercado acreedor, exigiendo leoninas condiciones al Estado deudor.

Por eso, quienes hoy parecen ser los villanos de esta historia ya no son los mercados, sino los Gobiernos insolventes y deficitarios, especialmente si son PIGS. Y con ello retorna la ideología del ajuste presupuestario y la consolidación fiscal: el nuevo consenso de Washington que impone un voluble FMI, ayer generoso keynesiano, hoy estricto neoliberal.

Pero las víctimas reales de ambas crisis crediticias son las mismas: los ciudadanos de a pie, que pagaron ayer con su desempleo masivo y hoy con el recorte de sueldos y la congelación de pensiones.

sus beneficiarios reales también son los mismos: los inversores crediticios, que siempre salen ganando, pues se les rescata a interés cero cuando son deudores, mientras se les enriquece con interés usurario cuando son acreedores. Un qui prodest? inequívoco.

 
Pero si todo esto es tan evidente...

¿Cómo es que nadie cuestiona semejante estado de cosas, aceptándolo con fatalismo?

Hay dos factores extraeconómicos, a su vez conectados entre sí, que lo explican bien:

El primero es el tratamiento mediático de la crisis, que ha naturalizado un proceso tan desequilibrado e injusto haciéndolo parecer lógico y necesario. Y esto se ha hecho metiendo el miedo mediático en el cuerpo de la gente, a fin de paralizarla por el pánico dejándola inerme y dispuesta a dejar hacer y dejarse hacer. Es la histeria mediática a la que aludí al principio, inducida por la reiterada publicación de revelaciones financieras escandalosas (al estilo de "La quiebra de Caja Sur amenaza al euro") y generadora de un clima artificial de catástrofe imposible de controlar que contagia con su gregario efecto-rebaño (herd effect) a todos por igual: tanto a los que toman decisiones incoherentes a tontas y a locas (caso de nuestros gobernantes, de Merkel a Zapatero, que ayer corrían a rescatar las deudas privadas y hoy corren a recortar gastos para saldar sus deudas públicas) como a los desarticulados ciudadanos que las sufren con estupor e impotencia, sin más signos de resistencia que la contraproducente crispación política y la estéril bronca sindical.
 
Y el otro factor es la discriminación crediticia pura y dura. La primera oración cristiana es el perdón de las deudas, pero solo se aplica de forma perversa, tal como reza la parábola de San Mateo: "A quien tiene más, se le dará. Y a quien no tiene, todo le será quitado". Pues bien, con la crisis de la deuda sucede igual: a ciertos deudores privilegiados (los protestantes anglo-germanos) se les rescatan sus deudas a muy bajo tipo de interés, mientras que a los estigmatizados (por católicos y latinomediterráneos) se les exige refinanciarlas a tipo de interés usurario. Es lo que ocurre con los títulos de deuda pública, a los que se discrimina no por sus indicadores cuantitativos, sino por prejuicios descalificadores tan falaces como injustos, castigando al bono español en comparación al holandés o británico (según denunció en estas páginas Xavier Vidal-Folch): todo por ser un PIG en lugar de un WASP. Lo cual determina que en la zona euro estén resucitando las viejas monedas nacionales, ahora travestidas como títulos de cada tesoro estatal.

Ahora bien, esta discriminación crediticia también está operada por la definición mediática de la realidad, pues son los medios informativos anglosajones, y no las agencias de calificación de riesgo, los que fabrican, con sus performativos estas percepciones estigmatizadoras del riesgo-país. Es de nuevo el efecto manada-mediática, pues si lo afirma el Financial Times, todos los demás medios lo reproducirán y amplificarán, incluidos los PIGS.

  

 


"GUERRA SOCIAL" por Ignacio Ramonet

"GUERRA SOCIAL" por Ignacio Ramonet

Contra la imagen que transmiten los grandes medios, y a pesar de la aparición del islamismo radical, las formas de violencia política en el mundo han disminuido respecto de hace treinta años. En cambio, en un mundo de desigualdades agravadas, se incrementa la guerra social, que suele enfrentar a pobres contra pobres, y que cuesta a los gobiernos que pretenden controlarla más gastos que la defensa nacional.

Después del 11 de septiembre y la guerra de Afganistán, los ciudadanos tienen la sensación de estar sumidos en un mundo dominado por la violencia política y el terrorismo. Desde hace más de un año, a fuerza de imágenes terribles y testimonios alucinantes, los grandes medios inducen al espanto presentando atentados terroríficos, explosiones mortíferas, tomas de rehenes espectaculares…

No pasa una semana sin que se derrame un doloroso tributo de sangre, de Israel a Bali, de Karachi a Moscú, de Yemen a Palestina… Se transmite así la impresión de que el planeta está barrido por el huracán de una suerte de nuevo conflicto mundial –”la guerra contra el terrorismo internacional”– todavía más atroz que los precedentes. En este contexto, la eventual guerra de Estados Unidos contra Irak sería sólo un simple episodio.

Esta impresión es falsa. Contrariamente a las apariencias, la violencia política nunca fue tan débil. Las revueltas e insurrecciones de orden político, las guerras y conflictos rara vez han sido tan escasas. Mal que les pese a los medios, el mundo está tranquilo, ampliamente pacificado.

Para convencerse de esto, basta con comparar el paisaje geopolítico actual con el de hace veinticinco o treinta años. La casi totalidad de los grupos contestatarios radicales adeptos a la lucha armada han desaparecido. Y la mayor parte de los conflictos de alta y baja intensidad que en todos los continentes provocaban decenas de miles de muertos anuales se han terminado.

Casi todas las hogueras que había encendido la perspectiva marxista de construir un mundo mejor, se han apagado o se están extinguiendo. A escala planetaria, apenas quedan una decena de focos de violencia: Colombia, el País Vasco, Chechenia, Medio Oriente, Costa de Marfil, Sudán, Congo, Cachemira, Nepal, Sri Lanka, Filipinas…

Es cierto que hizo su aparición un nuevo adepto de la lucha armada: el islamismo radical, que ahora ocupa el proscenio de la escena mediática. Pero por espectaculares que sean, sus acciones no deben enmascarar lo esencial: la lucha política armada ha disminuido.

¿Eso significa que no hay otras formas de violencia en curso? Evidentemente no. Empezando por la violencia económica que ejercen los dominadores sobre los dominados, estimulados por la mundialización liberal.

Las desigualdades alcanzan dimensiones inéditas. Literalmente sublevantes. La mitad de la humanidad vive en la pobreza, más de un tercio en la miseria, 800 millones de personas padecen desnutrición, alrededor de 1.000 millones siguen siendo analfabetas, 1.500 millones carecen de agua potable, 2.000 millones siguen sin electricidad…

Y por increíble que pueda resultar, esos miles de millones de condenados de la tierra se mantienen tranquilos desde el punto de vista político. Es una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: hay más pobres que nunca y menos rebeldes de los que hubo jamás.

¿Puede durar esta situación? Es poco probable. Sin duda debido al agotamiento del marxismo como motor internacional de la revuelta social, el mundo atraviesa una suerte de transición entre dos ciclos de revoluciones políticas. Y mientras las injusticias son más escandalosas que nunca, se observa que otras formas de violencia alcanzan dimensiones paroxísticas. Especialmente la violencia de los pobres contra los pobres, y alguna formas primitivas de rebelión1 que se manifiestan a través de la delincuencia, la criminalidad, la inseguridad, y que en todas partes adquieren las características de una verdadera guerra social.

Hace treinta años, en América Latina y otras regiones del planeta, un joven que se procuraba un revólver se enrolaba en el seno de una organización que practicaba la lucha armada para cambiar la suerte de la humanidad. Hoy el mismo joven pensará ante todo en sí mismo, y sintiéndose víctima de la ruptura del contrato social por los dominadores, romperá a su vez ese contrato asaltando un banco o robando un almacén. Desde los comienzos de la gran crisis económica en diciembre de 2001 y la pauperización masiva de las clases medias, la tasa de “delincuencia” en Argentina se multiplicó por cuatro…

En Brasil, uno de los países menos igualitarios del mundo, cuyos votantes se volcaron masivamente a favor del “candidato de los pobres” Inacio “Lula” da Silva, la guerra social alcanza proporciones insólitas. Entre 1987 y 2000, en la ciudad de Rio fueron asesinados a balazos más menores de 18 años que en el conjunto de los conflictos de Colombia, Yugoslavia, Sierra Leona, Afganistán, Israel y Palestina. En el curso de esos trece años, por ejemplo, un millar de jóvenes encontraron la muerte en el enfrentamiento palestino-israelí; en el mismo período, 3.937 menores de edad fueron abatidos en la ciudad de Rio2

Ante esta ola ascendente de lo que los medios denominan “la inseguridad”, muchos países, entre ellos México, Colombia, Nigeria, Sudáfrica, se han puesto a gastar más en el control de esta guerra social que en su propia defensa nacional. Brasil, por ejemplo, asigna el 2% de su riqueza anual (PBI) a sus fuerzas armadas, y más del 10,6% para proteger a los ricos de la desesperación de los pobres.

La gran lección de la historia de la humanidad es ésta: los seres humanos siempre terminan por rebelarse ante el agravamiento de las desigualdades. El incremento actual de delincuencias y criminalidades tanto en el norte como en el sur, que suelen ser manifestaciones primitivas y arcaicas de agitación social, constituye un signo indiscutible de la exasperación de los más pobres ante la injusticia del mundo. Todavía no se trata de violencia política. Pero todos percibimos que se trata de una tregua. ¿Cuánto durará?

  1. Eric J. Hobsbawm, Les Primitifs de la révolte dans l’Europe moderne, Fayard, París, 1966.
  2. El País, Madrid, 11-11-01.
Autor/esIgnacio Ramonet
Publicado enEdición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 41 - Noviembre 20

Globalización y migraciones. Frente a humanitaristas e identitarios: el Frente de los Pueblos

Globalización y migraciones. Frente a humanitaristas e identitarios: el Frente de los Pueblos

por M.A.Martínez.

Aunque no pueda hablarse de una verdadera teoría migratoria que dé cuenta de la complejidad del fenómeno en toda su extensión, si observamos la globalización como un proceso consistente en la progresiva y creciente integración de las distintas economías nacionales en un único mercado capitalista mundial, el actual fenómeno migratorio ha de contemplarse como un aspecto interno de ese sistema global, a su vez producto del desarrollo histórico anterior (1). Aunque su génesis deba rastrearse mucho más atrás en el tiempo (2), este sistema comienza a configurarse en sus actuales y cambiantes dimensiones a partir del modelo de desarrollo hegemónico impuesto tras la II GM, modelo que profundiza a su vez en el proceso de economización (3) de las vidas inherente a la cosmovisión del mundo de la modernidad. Desde esta perspectiva, cabría ver la mayor parte de los actuales movimientos migratorios como una más de las muchas consecuencias del triunfo de este proceso que, por medio de su expansión y penetración a nivel planetario, se traduce en la mundialización de la economía, de los modelos de consumo y del pensamiento. La necesidad de implantar dichos modelos hegemónicos y de cumplir con las exigencias del capital, junto a la internacionalización de los vínculos por medio de los medios de transporte, de comunicación, etc. ha permitido que determinados grupos locales hayan podido migrar hacia los centros hegemónicos. Así, siguiendo a PORTES y BÖRÖCZ (4), la migración tiene hoy una doble función: para el capital es una fuente de mano de obra abundante y barata; para los migrantes es un medio de supervivencia y un vehículo de integración social y movilidad económica.

Si en otros momentos de la historia la penetración del capitalismo se efectuó mediante el comercio de esclavos y la conquista, o a través de la captación de migrantes por incentivos económicos, es evidente que dichas formas respondían a las iniciativas de los estados ubicados en el centro de la economía internacional y a los cambiantes intereses de sus clases dominantes (5). No otra cosa sucedería hoy con la globalización de las migraciones, cuando los emigrantes emprenden voluntariamente el proceso migratorio constituyéndose al mismo tiempo en “oferta inagotable” (6) de mano de obra más barata y en creciente demanda de consumo (en destino y en origen).

La diferencia con respecto al esclavo o al conquistado estriba ahora en la coincidencia de buena parte de los objetivos y aspiraciones de los migrantes con los intereses del capital. De este modo, al asegurar múltiples flujos y transferencias de mercancías, personas e ideas, al tiempo que recrea un desarrollo desigual y dependiente, la migración se convierte en uno de los componentes funcionales de la globalización (7). Inscrita en este proceso es como se puede entender la globalización de la migración, su aceleración, su diferenciación, su feminización, la creciente politización de la migración (8), o el hecho de que los principales flujos de la migración provengan de Asia, América Latina y África (9).

Aunque la mundialización de la migración no puede –ni debe- explicarse tan sólo como resultado de la globalización de la economía, es básico considerar el éxito de la globalización entendida como espacio hegemónico del proyecto de la modernidad, dentro del cual se crea esa “perspectiva mundial” (10) que hace posible la migración en sus actuales características, más allá de la globalización económica o de la mera tecnificación. En tanto que sistema global y multipolar, hay que atender entonces a los discursos, valores e ideas que acompañan este desarrollo histórico (así como a la multiplicidad de resistencias y contravalores que se le oponen), y a sus distintos lugares de enunciación. Comprender pues el discurso hegemónico que otorga la primacía a lo económico por medio del mercado mundial y atender a las diversas relaciones sociales de la “globalidad(11) resultante. Insertar en consecuencia las migraciones dentro de ese “horizonte imaginado” por sujetos colectivos e individuales, y abordarlas dentro del contexto de la globalización como proyecto de orden hegemónico, pero también como resultado de múltiples movimientos, en parte contradictorios, con resultados abiertos, que implican diversas conexiones “local-global y local-local” (12).

De gran valor es entonces atender a la génesis y desarrollo de distintos procesos (como la “cultura migratoria”; la “causación acumulativa”; las “redes migratorias”; las estrategias para el mantenimiento y la reproducción del grupo doméstico dentro del desigual contexto internacional (13), etc.) así como sus relaciones con el actual marco de la globalización, del que cabe suponer dependan en gran medida y al que sin duda contribuyen a transformar. Procesos y estrategias derivadas del escenario surgido a resultas del actual paradigma del desarrollo, que efectivamente producen una migración que más tarde se perpetúa a sí misma tras modificar la realidad a partir de una serie de procesos socioeconómicos que inducen, permiten y facilitan los desplazamientos. Estos cambios sociales y económicos inciden en la translocalización y/o deslocalización del grupo doméstico, de la comunidad, del trabajo, del capital, etc. de tal suerte que el actual fenómeno migratorio da lugar también a importantes desequilibrios y conflictos (14), en una globalización donde, además, “la condición de natural que toda identidad grupal busca y asume se ve perennemente amenazada por la afinidad abstracta de las categorías de mayorías y minoría”, en tanto las migraciones globales a través y dentro de las fronteras nacionales “disuelven constantemente los vínculos que unen a las personas a las ideologías de la tierra y el territorio” (15).

En este sentido, cabe demandar que el estudio y el tratamiento de las migraciones no se alejen de la realidad social y sean problematizados, lejos de discursos acríticos que, además de ser trampas que eluden pronunciarse sobre los orígenes de los problemas impidiendo su posible solución, acaban convirtiéndose además en justificación y fundamento de la ideología de las clases privilegiadas. Efectivamente, es absurdo resolver los problemas negando los hechos y en demasiadas ocasiones parece haber miedo “a reconocer que la vida social se problematiza en relación con la presencia de inmigrantes” (16). La cuestión, por lo demás, no estriba únicamente en las dificultades para establecer marcos y pautas que favorezcan la “convivencia intercultural” (17), sino que, con ser esto importante, y precisamente por su vital importancia, ese esfuerzo debe ir acompañado de la reflexión crítica sobre las profundas transformaciones de las relaciones sociales y económicas sufridas en los países receptores. Aquí, por ejemplo, independientemente de la naturaleza de la segmentación del mercado (difícilmente dual (18)), no puede soslayarse la importancia de la progresiva tercermundización (19) de buena parte del mismo en los países receptores, su paulatina y creciente precarización y la relación o papel que en todo ello juegan y han jugado los flujos migratorios. No olvidar, en suma, la naturaleza del sistema capitalista, el actual marco de desmantelamiento del estado del bienestar, la competición inherente al mercado, el desempleo, el gasto social, la percepción de la ciudadanía ante la migración, las políticas al respecto, etc. Sobre todas estas cuestiones, acerca de sus problemas y potencialidades, es necesario un debate público sereno y abierto a la crítica, alejado tanto de la apología irresponsable como de la ponzoñosa xenofobia, ambas posturas al servicio de la estrategia de la confusión inherente al proceso globalizador.

Insistir en la generalizada e ingenua visión de las migraciones como simples experiencias vitales más o menos dificultosas contempladas casi únicamente desde el ejercicio al derecho a la libre movilidad, o persistir en minusvalorar la importancia que tienen hechos como que en España, por ejemplo, se haya producido un incremento del 202% en la cifra de inmigrantes extranjeros desde 2001 al 2007 (20), es incurrir en posturas que contribuyen a consolidar los procesos de homogeneización mundialista. Del mismo modo operan por otra parte los que atribuyen a los inmigrantes la responsabilidad sobre buena parte de los males que padece la población autóctona, o se remiten a discursos etnicistas e identitarios que no desean más que perpetuar los actuales mecanismos de poder y el cada vez más precario estatus de las sociedades europeas dentro del capitalismo avanzado.

“Humanitaristas” e “identitarios” finalmente afectos a los valores del sistema occidental, atacan del mismo modo a todos aquellos que cuestionen esos valores o mantengan otros distintos, afianzando el discurso homogeneizador y persiguiendo las mentalidades genuinamente comunitarias –las aún existentes y las por venir-, ya sea para disponer de una reserva dócil y maleable de votos o una inagotable cantera de mano de obra barata, una y otra al servicio del capital. Frente a estas posturas, la oposición al sistema dominante debe profundizar en las causas y en las consecuencias de los fenómenos migratorios, denunciando su naturaleza funcional dentro de los procesos de la Globalización, pero también manteniéndose alerta ante las posibilidades que pueda ofrecer a la hora de construir el necesario Frente de los Pueblos. En definitiva, como señala Alain de Benoist:

“La ameri­ca­nización del mundo, la estandarización de la forma de producción y de los hábi­tos de consumo, el dominio de la lógica del beneficio, la propagación del mercado mundial, la erosión sistemática de las culturas a con­se­cuen­cia de la globalización destruyen aún más la identidad de los pueblos de lo que lo hace la inmigración. La apertura de un Macdonalds o un Walmart son una ame­na­za mayor para nuestra identidad que la apertura de una mezquita.” (21).

 


[1] Procesos no sólo económicos, sino también políticos, culturales y sociales, y asentados sobre unas determinadas bases ideológicas y filosóficas rastreables e identificables en la historia.

 

[2] Tan atrás como situemos en la historia el punto de partida de la modernidad, algo que excede las pretensiones de esta reflexión.

[3] Aquí entendido como un proceso de desvalorización de “todas las demás fuerzas de existencia social”, metamorfoseando las actividades, deseos, interacciones, etc. de la gente en “necesidades cuya satisfacción requiere la intermediación del mercado”. Esteva, G. (1996, 1990): “Desarrollo”, en Sachs, W (ed.): Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder, Lima, Proyecto Andino de Tecnologías Campesinas: 52-78.

[4] A. Portes y J. Böröcz (1998) “Las migraciones actuales: perspectivas teóricas sobre sus causas determinantes y las formas de incorporación de los extranjeros”, en G. Malgesini (comp.) Cruzando fronteras. Migraciones en el sistema mundial. Fundación Hogar del Empleado. (Pág. 53).

[5] Ibid. Pág. 50.

[6] A. Portes y J. Böröcz, Op. Cit. Pág., 50.

[7] J. Lacomba (2004) Migraciones y desarrollo en Marruecos. La Catarata, Madrid: “Los vínculos entre migraciones y desarrollo. Una inestable y compleja relación: los aportes teóricos de la cuestión” (Pág. 34)

[8] Castels y Miller, citados por L. Cachón (2003) “La inmigración en España: los desafíos de la construcción de una nueva sociedad”, Migraciones, nº 14 (Pág. 228).

[9] J. Arango (posterior a 2005?) “Las migraciones internacionales en un mundo globalizado” (Pág. 3). Disponible en la Red Internet: http://www.fundacionpedrogarciacabrera.com/index_memoria/activ_06/jj%20inmigracion06/libro/01%20joaquinarango.pdf.

[10] Ibíd.

[11] Ulrich Beck (1998) Qué es la globalización. Paidós. Barcelona

[12] N. García Canclini (1999) La globalización imaginada. Buenos Aires, Paidós.

[13] Atendiendo al complejo mundo de relaciones en el interior del mismo, económicas y también ideológicas y simbólicas respecto a las aportaciones, beneficios y actividades de cada miembro dentro del mismo y en su articulación con el capitalismo. C. Gregorio Gil (1997) “El estudio de las migraciones internacionales desde una perspectiva de género”, Migraciones, nº 1 (Págs. 145-175).

[14] “(…) entre el volumen que necesitan los países desfavorecidos y el que están dispuestos a admitir los más desarrollados; entre el número de inmigrantes que éstos últimos necesitan y el que efectivamente admiten; entre la inmigración que los receptores desearían recibir y la que de hecho reciben, por mencionar algunos de los más formidables” Arango, J. Op. Cit. Pág. 1.

[15] A. Appadurai (2007) El rechazo a las minorías. Tusquets, Barcelona. (Pág. 108).

[16] T. San Román (1995) “Primera parte: discurso sobre la alterofobia”, en: Los muros de la separación. Universidad Autónoma de Barcelona.

[17] C. Giménez (2005) “Convivencia. Conceptualización y sugerencias para la praxis”, Puntos de vista nº 1

[18] En tanto “los segmentos son muchos más que dos y las líneas divisorias que los distinguen dependen de los criterios que se tomen como base de la clasificación” U. Martínez Veiga (1998) “La competición en el mercado de trabajo entre inmigrantes y nativos”, Migraciones, nº 3 (Pág. 18).

[19] Montoliú y Duque, citados por L. Cachón (2003) “La inmigración en España: los desafíos de la construcción de una nueva sociedad”, Migraciones, nº 14 (Pág. 225).

[20] Sánchez Medero, G. y Sánchez Medero, R. “Una respuesta serena a los detractores del "Informe sobre la inmigración en España" en El Viejo Topo nº 243 (abril 2008) Disponible en la Red Internet: http://www.rebelion.org/docs/65862.pdf

[21] "No solo la inmigración amenaza nuestra identidad": Entrevista de Peter Krause con Alain de Benoist http://foster.20megsfree.com/

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Entrevista a Eric Toussaint: “Si no hay una salida anticapitalista a esta crisis, habrá una salida capitalista”

Entrevista a Eric Toussaint: “Si no hay una salida anticapitalista a esta crisis, habrá una salida capitalista” Johari Gautier Carmona
Fuente: Diagonal

"La salida capitalista a la crisis se basa solamente en aumentar la presión sobre el trabajo y pasar la factura a los asalariados."



En la presentación de su libro 60 preguntas, 60 respuestas sobre la deuda, el FMI y el Banco Mundial, el historiador y economista belga Eric Toussaint nos habla de la crisis que atraviesa Occidente. Este doctor en ciencias políticas, y miembro del Consejo Internacional del Foro Social Mundial, explica algunas de las claves para entender la actual crisis económica.



D.: ¿Cómo se explica que, pese a una reducción del salario real desde el año 1982 hasta 2007, el consumo en los países del Norte haya tenido un nivel de crecimiento alto?



ERIC TOUSSAINT: Durante todo ese tiempo, el consumo de masas se ha sostenido gracias al endeudamiento privado. Los que permitieron esto son las empresas capitalistas del sector del crédito que otorgaron líneas de crédito más voluminosas. Lo hicieron a través de un montaje totalmente artificial de instrumentos de deuda e, inesperadamente, la cadena del endeudamiento privado en EE UU se rompió en el eslabón más débil, que era el sector del crédito hipotecario en un segmento del mercado que era el de las hipotecas subprime: los sectores de la población más frágiles que aceptaron endeudarse en condiciones extremas, con tasas de interés bajas los dos primeros años y pasando a 13% de interés anual los siguientes años. Este sistema de endeudamiento funcionaba mientras la burbuja inmobiliaria seguía creciendo, mientras el valor de la vivienda subía. En EE UU era posible refinanciar su deuda cada dos años basándose sobre el nuevo valor de la vivienda que había aumentado. Todo esto era sin contar con una sobreproducción de vivienda en el año 2006 y la caída en 2007 del valor de la vivienda que generó la crisis de las subprime. Para resumir, hemos asistido, con la crisis financiera de los años 2007- 2008, a una crisis de la deuda privada, que se está transformando ahora en una crisis de la deuda pública del Norte porque el Gobierno de EE UU –pero también el Gobierno británico, belga o francés– rescató a la banca privada regalando dinero. Ahí es cuando la deuda privada se transformó en deuda pública. El sector público asumió el coste del rescate.


D.: ¿En qué situación nos hallamos ahora?



E.T.: Llegamos a un círculo vicioso en el cual para rescatar a la banca privada se endeudan los Estados y financian ese endeudamiento pidiendo préstamos a la misma banca. La explosión de la deuda pública obliga a los Gobiernos a disminuir el gasto público, a reducir el gasto en las universidades, reducir las subvenciones a la salud pública, limitar las inversiones en infraestructuras públicas, congelar los salarios de los funcionarios. Por eso hemos vuelto a un discurso de ajuste estructural en los países del Norte y sólo estamos empezando a enfrentarnos a la situación.



D.: ¿Cómo se encuentra el sector inmobiliario?



E.T.: Respecto a la crisis inmobiliaria, sabemos que en el Estado español la vivienda está todavía sobrevalorada en un 50%. En Inglaterra lo está en un 30% y en Irlanda en un 30%. Es decir, la crisis inmobiliaria no ha terminado. Quizás en EE UU haya tocado fondo. Por otro lado, empieza ahora la crisis inmobiliaria del sector comercial con la quiebra en Dubai de un proyecto de edificios comerciales. Sabemos que la deuda contratada por el sector privado en el sector comercial es enorme y que esa crisis del sector comercial va a crecer con la crisis económica. Algunas empresas de servicios van a tener que cerrar oficinas.

D.: ¿Cuáles son las especificidades de la crisis española?



E.T.: En el Estado español no ha habido la misma crisis bancaria que en la mayoría de los países occidentales –como en Inglaterra, EE UU o Bélgica– donde el rescate ha sido masivo. Quizás se produzca en un futuro cercano cuando veamos que el BBVA o el Banco Santander, que hasta ahora no parecían tan afectados, puedan estarlo también.



D.: ¿Se está acabando el sistema capitalista?



E.T.: El sistema capitalista atraviesa una crisis muy grave. En el pasado este mismo sistema ya pasó por crisis muy severas y es importante entender que, si no hay una salida anticapitalista a esta crisis, habrá una salida capitalista. La salida capitalista a la crisis se basa solamente en aumentar la presión sobre el trabajo y pasar la factura a los asalariados. Ha sido siempre la misma solución. Incluso puede haber una salida capitalista neokeynesiana. Lo que llama la atención es que en 2008 la crisis era tan profunda que los Gobiernos de derecha y los ideólogos del capitalismo atravesaron una crisis de confianza. Temieron una salida anticapitalista porque veían que lo que se avecinaba era una auténtica crisis del capitalismo. Ellos lo saben, lo niegan en las grandes entrevistas de televisión, pero, leyendo el Financial Times o The Economist, uno puedo decir que no se equivocaban. Se imaginaron que, desde las bases de la izquierda, surgiría una denuncia del capitalismo, pero no ocurrió. La izquierda tradicional acompañó el rescate de la banca. Sarkozy, que llegó a hablar de refundar el capitalismo en algunas entrevistas, no ha vuelto a hablar del tema porque no encontró una denuncia suficientemente fuerte como para refundarlo. ¿Por qué refundar algo que la gente puede seguir aguantando?




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“La crisis de credibilidad de la izquierda”



ERIC TOUSSAINT: No comparto la idea de que las propuestas ofrecidas por las izquierdas son demasiado radicales y que son rechazadas por ese motivo. El problema fundamental es que la mayoría de los pueblos del Norte afrontan una crisis de confianza en la política. Es una crisis de credibilidad de la izquierda, una crisis del proyecto de la izquierda, pero no porque sea demasiado radical sino porque durante las campañas electorales la izquierda hace promesas de izquierda y, estando en el poder, implementa programas de derecha. La izquierda acaba ejecutando políticas sociales neoliberales y eso provoca frustración y pérdida de confianza. Además, como la izquierda tradicional no ofrece unas críticas claras del sistema, las confusiones se generalizan. Estas confusiones se deben también a la influencia de los medios de comunicación dominantes. El objetivo de estos medios es crear confusiones, maquillar los datos, dar falsas explicaciones, y la izquierda, que antes daba explicaciones claras sobre la crisis, no las está dando, e incluso ha abandonado sus propios diarios. ¿Cuántos diarios de izquierda existen en Europa comparando con hace 30 años? Para mí, el verdadero problema no es que las propuestas sean demasiado radicales. El problema real es la pérdida de credibilidad.


TERROR Y DEMOCRACIA

TERROR Y DEMOCRACIA Por Pepe LÓPEZ para "Antagonistas"






Una de las ideas o premisas más «fuertes» que la Monarquía de Partidos ha lo­gra­do im­poner en España es que, De­mo­cra­cia y Terro­ris­mo, son dos fenómenos anta­gó­ni­cos e irre­conci­lia­bles. Pero tengamos cuidado con el término: cuando partidos políticos, tribunas acadé­micas, medios de difusión de masas y portavoces judiciales hablan de la «Demo­cracia», están hablando de ESTA demo­cracia, de la «Democracia real», pues para ellos no existe otra ni puede haber otra democracia que ésta, la in­di­so­lu­blemente unida al régimen que impera en España. Un régimen que, en propie­dad, definimos como Monarquía de Partidos.




En estas décadas, los medios de di­fu­sión y los porta­voces partidarios han ido más lejos en tal línea, al establecer la idea que todo lo que actúa «contra el Terro­rismo» sólo pue­de ser, nece­sa­ria­mente, democrático; y to­do aque­llo que se oponga a esta demo­cracia (o «a la Democracia», recordemos que para ellos no existe otra) es bar­ba­rie y terrorismo. Pero es la pri­mera pre­misa bi­polar, acep­tada ya por casi todos, la que debe­mos «enfilar» en cualquier circunstancia o lugar.




En los últimos años (sobre todo a partir del «Pearl Harbour» de septiembre de 2001) se ha mani­festado, aún más, una radical «falta de complejos» en imponer esta línea. Para los partidos políticos y pa­ra los portavoces (públicos, semi-pú­bli­cos, corporativos o privados) del dis­cur­­so dominante, lo que realmente cuenta (en realidad, lo único que les interesa) es saber si un hecho, el que sea, perjudica o no perjudica al Ré­gi­men, al marco hiperhegemónico establecido internacional­mente, y, como no, a los negocios de las sociedades económicas que representan y este Ré­gi­men ampara. Lo que les im­porta a políticos y porta­vo­ces de la Monarquía de Par­tidos es mantener, sobre cualquier otra consideración, la posición incontestable del propio régi­men, y la de ese poderío internacional al cual se encuentra ligada «nues­tra» Monarquía de Partidos.




Cualquier acto terrorista en sí mismo, cualquier asesi­nato, secuestro, extorsión o tor­tura son sim­ples hechos o cir­cuns­tan­cias que siempre han quedado subor­di­nados en función de lo que convie­ne o no conviene a ESTA democracia (la única «De­mo­cra­cia» posible, no lo olvidemos). Los atentados mortales, las ame­nazas de muerte, los blo­queos de pro­ductos básicos para poblaciones enteras, incluso las ca­ce­rías y ma­tanzas masivas, se con­de­narán o se olvidarán según les convenga a las llamadas instituciones democráticas y «agentes de la sociedad civil». Cualquier cri­men que se cometa... ¿Sirve para que ESTA democracia (la de España o las de Francia, Gran Bretaña, Israel, Estados Unidos, Co­lom­bia...) avancen o consoliden su posición? ¿Les es útil para afrontar sus peli­gros o eliminar obstáculos o a sus enemigos? En caso afir­mativo, los asesi­natos, secuestros, extorsiones, torturas y cualquier otro tipo de crímenes, unas veces se disculpan o se justifican por parte de unos medios (los «medios sin complejos») o, la mayor parte de veces, se silenciarán. Todos ellos, simplemente, se dejarán sin castigo.




En la Transición encontramos un ejemplo muy claro: el B.O.E. Los res­pon­sables de cualquier crimen cuyo fin hubiera sido «el establecimiento de un régimen de libertades en Es­paña» cometido entre el 15 de Diciembre de 1.976 y el 15 de Junio de 1.977, fueron absueltos por la Ley de Amnistía. Lo que contaba, como decimos, no era la naturaleza de los crímenes y el daño causado a las personas. Para los padres constituyentes de la Monarquía de Partidos todos esos crímenes fueron (o eran) detalles menores que podían ser (como fueron) tran­qui­lamente aceptados por el ré­gimen presen­tado ante los españoles como «Estado Social de Derecho», como el «Régimen de la democracia» y «de la Libertad». El Régimen anterior había hecho lo mismo para garantizar «la Paz» y «la Victoria sobre el Comunismo».




Esto no quiere decir que los representantes de «la Demo­cracia» y «la Libertad» se olviden o conculquen los famosos derechos humanos que con tan­to ahínco han reivindicado y dicen defender. Los derechos humanos siempre ¡Siempre! han sido defendidos por estas «fuer­zas democráticas». Lo que ocurre es que, como señalamos, las institu­ciones democráticas (oficiales o «civiles») han conse­guido asentar la creencia que todo lo que queda fuera de ESTA Democracia es tiranía, bar­barie, terrorismo, sinrazón e inhuma­nidad. Y ya que la humanidad es una con­di­ción vital definida por su naturaleza racional, muchos de los cargos públicos y apo­lo­gistas del Régimen han aca­bado por afirmar que SÓLO los de­mó­cra­tas demues­tran te­ner esa capa­cidad racional. Por lo tanto, la humanidad es una condición que sólo ca­be reconocer realmente en la «De­mo­cracia real».




Así pues, asesinar, secuestrar, extorsionar, torturar personas o aniquilar movi­mientos que no se han rendido a la innegable superioridad de este modelo, no representan, por ello, atentados terroristas ni violaciones graves contra los derechos huma­nos, pues, sencillamente, con su resistencia han demostrado que no son tan humanos. De la misma forma era legítimo provocar matanzas y destruir el hábitad vital de comunidades y pueblos que «no han evolucionado», pues tampoco eran humanos. En el XIX, los negros del Congo o los indios de América del norte eran «salvajes», y por tanto, seres expulsados de la con­dición humana. Y así veían las cosas tanto los conservadores como los liberales belgas, o usacos. Actualmente, de forma más clara, es como aparecen los palestinos (y los árabes en general) para los sionistas, tanto «progresistas» como de «extrema derecha».




Sin embargo, la mayor parte de los llamados demócratas han preferido no utilizar demasiado la vía de la razón y las evaluaciones sobre la evolución, sino la vía del corazón. Han establecido que SÓLO aquellos que sean «demócratas» (es decir, partidarios y servidores de ESTA de­mo­cracia) pueden albergar buenas in­tenciones. Los medios de di­fu­sión insisten continuamente en que la gente pací­fica y de bue­na voluntad, quienes demuestran tener «sen­ti­mien­tos humanos», son siempre demócratas (no todos los demócratas, pero todos los que albergan buenas intenciones lo son). Con ello, to­dos aquellos que no comparten o recha­zan este modelo socio-politico quedan ex­cluídos y se les incluye, automáticamente, en la categoría de gente «con malas in­tenciones». La mera facultad de tener buena voluntad les es negada de plano, mientras no «se conviertan» y acepten la Fe en la «De­mo­cracia real».




Así, debido a que los derechos humanos sólo pue­den co­rresponder a los que han demostrado su na­tu­raleza racional (es decir, los humanos) o, por lo menos, sólo me­recen esos derechos los humanos con «sentimienos hu­manos» (es decir, los partidarios de la «Demo­cra­cia real») todas las grandes matanzas y destruc­ciones aco­metidas por las democracias occidentales contra gentes que vivían fuera de su marco o luchaba contra ellas NO eran (NO son) atentados contra los derechos humanos NI mucho menos crímenes contra la Humanidad. Así los políticos, los «líderes de opinión» o los historiadores han podido referirse, con la más completa naturalidad, el exter­minio de los nativos de Tasmania; o la de tantas naciones indias de los Apalaches o las praderas del Medio Oeste durante la colonización de tierras salvajes en el Siglo XIX, en nombre del avance de la civilización y la apertura de «espacios de libertad»; o el holocausto de los alemanes de Dresde o los japoneses de Hiroshima en la II Guerra Mundial, exigido para traer la paz y la Democracia; o el enterramiento de centenares de ira­quíes vivos en la II Guerra del Golfo (1991) esgrimiendo el de­recho inter­nacional y el bienestar del «Mundo Libre»; o la eliminación sistemática de opo­sitores argelinos y egipcios practicada en esos países en nom­bre de la seguridad y la estabilidad del mismo «Mundo Libre»; o las decenas de miles de colombianos desaparecidos y asesinados por los grupos paramilitares para garantizar la continuidad de la «Democracia más antigua de Sudamérica».




Toda esa gente vivían fuera de la Fe. Todos ellos eran «pue­blos pri­mi­tivos», «sal­vajes», «nazis», «fascistas», «comunistas», «fanáti­cos», «inte­gris­tas» (ahora se une otro descalificativo para merecer la muerte, el expolio, la tor­tura o la mutilación: «machista»). Y to­do ha valido, vale y seguirá valiendo en las «ca­cerías de las Fuerzas de la Libertad» contra las «bestias» (antidemocráticas, claro). Hasta que se integren en el Sistema. O mejor dicho, hasta que se sometan sin rechistar a sus intereses. Entonces dejarán de ser, oficialmente, bestias para ca­zar. Se convertirán, extraoficialmente, en bestias domesticadas, de carga, de granja, de guardia o para cualquier otro «servicio», y se les explotará mientras sea ren­table hacerlo.




Por eso el «Mundo Libre» o las «Sociedades Abiertas», cuando se han enfrentado a sus enemigos, no han cometido jamás (ni podrán cometerlas) acciones terroristas o violaciones de los derechos humanos. La explicación, como hemos dicho, es muy sencilla: sus enemigos no son humanos, o son humanos con malas inten­ciones.




Este fenómeno lo vemos reproducido en el siguiente hecho. Lo que los re­pre­sen­tantes de la «Demo­cracia real» esperan de un criminal no es que pague o responda por su cri­men. Ni siquiera que se arrepienta de su acción. Lo que exijen, prioritaria­mente, es que termine por incor­porarse a su sistema. Es decir: que se convierta a la Fe demo­crática y participe en su culto. Lo que Cristina Al­meida exigía, por ejemplo, de los asesinos de sus com­pañeros del despacho la­boral de la Calle Atocha, no era que se arrepintieran del hecho de haberles asesi­nado, sino que rene­garan de «sus ideas de extrema derecha». Así medía su re­habili­tación social no por su dispo­sición mental o moral hacia la comi­sión del cri­men, sino por el crimen mental de NO SER o NO QUERER SER «demó­cratas». Lo que se exige a quien «ha caido en el crimen» es la renuncia al crimen de no pensar de­mó­cráticamente. Si renuncia a éste, todos sus crímenes res­tantes, no im­porta lo crueles que hayan sido, tendrán la posibilidad de ser perdonados u olvi­da­dos, ya que se habrá logrado re­nunciar al crimen capital en la «De­mocracia Real»: no ser demócrata o luchar contra ESTA demo­cracia.




Si, en caso contrario, los «crímenes menores» se ejecutan para favorecer el avance o los intereses de la «Democracia real» en esta nación o en otra, y los «ejecu­tados», encima, son «crimi­nales mentales», esas acciones no sólo no pueden ser con­de­nadas sino, incluso, aplaudidas. Es significativa la circunstancia actual, que la mayor parte de la prensa democrática (así se llaman ellos) de España no sólo mantenga su línea habitual de ocultar u «olvidar» los crímenes co­me­tidos por los ejércitos se­cre­tos, ejércitos públicos y ejércitos privados (clandestinos o «con placa») al servicio de «la Libertad» (la suya, claro) sino que en los medios de difusión se está consolidando («sin com­ple­jos», como les gusta decir) la línea que justifica agresiones masivas, atentados selectivos, secuestros, torturas, blo­queos de poblacio­nes o des­trucciones de pue­blos enteros. Las matanzas de civiles y las destrucciones de aldeas que las tropas de la OTAN (entre las que se encuentran las Fuerzas Armadas Profesio­na­les de la Monarquía de Partidos) están cometiendo actualmente en Afga­nistán, están siendo literal­mente justificadas por el con­junto de la prensa española. La única diferencia en los grandes medios (escritos, radiofónicos o televisivos) es que mientras unos prefie­ren que la implicación española en tales matanzas y destruccio­nes sea «colateral», otros se lamentan porque la implicación española no sea más estrecha e intensa con británicos y usacos.




Aunque podamos ver en todo esto contradiccines del sistema, en el fondo, no lo son. En esto como en otras facetas, existe una lógica y coherencia interna entre la visión del mundo, los discur­sos y las prácticas de este sistema. Como hemos explicado, no se puede atentar contra los derechos humanos si se asesina o se ate­rro­riza a los enemigos de la «Democracia real» o a los que no creen en ella, ya que éstos están excluidos de la con­dición hu­mana. En este sentido, es cierto que Terrorismo y Democracia son fenómenos anta­gó­ni­cos e irre­conci­lia­bles; es cierto que cual­quier acción «contra el Terro­rismo» es necesariamente una ac­ción democrática; y es cierto que cualquiera cosa que se oponga a ESTA demo­cracia es Terrorismo, y cualquier persona que lo haga es un terrorista y comete el mayor de los crímenes posibles.



Pepe López


























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"Señales de los tiempos: desastres nefarios y premios nefandos"

"Señales de los tiempos: desastres nefarios y premios nefandos" Agustín Velloso
Rebelión
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Todo va bien de momento. Babilonia sigue recibiendo a los reyes de la tierra para fornicar con ella y los comerciantes de la tierra se han enriquecido por su lujo desenfrenado.

Un suceso geológico y un acto escatológico recientes, que se añaden a otras señales igualmente poderosas, no han interrumpido la libación de su vino de ardiente lujuria. Ambos están relacionados entre sí y los dos con el resto a pesar de sus distintas naturalezas, no obstante la aparente desconexión.

Los días pasan y los reyes y los comerciantes son incapaces de detener el sufrimiento de los habitantes de Haití afectados por el terremoto. ¿Acaso lo han querido alguna vez? ¿Por qué hablan de acudir ahora al rescate si durante decenios han causado un daño similar al del seísmo sólo que mediante una acción prolongada?

Ellos, que hicieron todo lo posible por poner al país de rodillas mediante las reglas de sus instituciones políticas y financieras, el fomento de escuadrones de la muerte llamados Tonton Macoutes (se estima que asesinaron a 150.000 haitianos), la protección de dictadores duraderos (la familia Duvalier, 1957-1986), el acoso al presidente elegido democráticamente (Aristide) y un embargo impuesto por el país más rico de la tierra, Estados Unidos, contra uno de los más pobres, lucen hoy sus lágrimas de cocodrilo y animan a los ciudadanos del mundo, lógicamente horrorizados y desde luego desinformados, a socorrer a los damnificados.

El gobierno de Préval (sucesor descafeinado de Aristide) ha sido ninguneado por Estados Unidos y Naciones Unidas y a cambio han potenciado pestilentes ONG del exterior. Como denuncia el experto canadiense Yves Engler: "hoy día Haití tiene la presencia de ONG per cápita más alta del mundo".

¿Qué queda pues de Haití tras decenios de intervención estadounidense y desde 2004 con la bendición de Naciones Unidas (Misión de Estabilización en Haití)? Un país ocupado, reducido a la miseria y por tanto expuesto a todos los males, los políticos y económicos ya citados –que se resumen en corrupción interior y explotación exterior, las cuales han ocasionado una enorme violencia social- y también los -así llamados- desastres naturales como huracanes y ahora un terremoto.

¿Pero es que no sabía Estados Unidos que Puerto Príncipe se ha erigido sobre una falla y que la ínfima calidad de sus construcciones no es capaz de aguantar un desastre? ¿Es que no sabía Naciones Unidas que el país, debido a su situación de pobreza aguda, no cuenta con medios para enfrentarse no ya a un terremoto sino a una epidemia?

Los seres humanos en Haití, como en cualquier otro lugar del planeta, cuando son sometidos a violencia extrema durante mucho tiempo y no tienen otra salida, recurren a la violencia como respuesta o escapan de ella mediante soluciones desesperadas. ¿Qué hacen los reyes del mundo ante esta situación? Nos la han contado los periódicos en primera página cuando conviene y en las interiores cuando no.

Mandan a los cascos azules a mantener el orden (el que deciden los reyes de la tierra, no la población de Haití) e incluso impiden mediante el Servicio de Guardacostas de Estados Unidos que las pateras repletas de haitianos que huyen de la muerte y la miseria lleguen a las costas de ese país para pedir asilo. Se calcula que el programa de devolución establecido por el presidente Reagan mediante el decreto 4865 y la orden ejecutiva 12324 interceptó en el mar y devolvió a Haití a unos 50.000 haitianos.

Los que no perecen ahogados en el mar y los que sobreviven a los tiros de los uniformados enviados por Naciones Unidas, tienen que depender de las ONG internacionales para ayudarles a sobrevivir.

Hace unos días el presidente de Estados Unidos, Obama, recibió el premio Nobel de la Paz al tiempo que enviaba más tropas a Afganistán (30.000 soldados), pedía más dinero al Congreso para el Departamento de Defensa (el presupuesto militar para 2010 supera el del año anterior y asciende a más de 700.000 millones de dólares), intervenía de varias maneras en diversas acciones bélicas en otros lugares del mundo (en particular vendiendo armamento) y apoyaba a gobiernos represores de su propias poblaciones y otros agresores de las de otros países.

Hoy se refiere a Haití y se presenta circunspecto ante el mundo. Por otro lado, su cariacontecida secretaria de estado, Hillary Clinton, promete mucha ayuda. Las palabras de ambos no caen en saco roto, la comunidad internacional sabe apreciarlas y actuará en consecuencia. Cabe esperar otro premio Nobel, la secretaría general de Naciones Unidas u otro reconocimiento acorde con los méritos. Además, Estados Unidos podrá seguir sacando provecho de Haití.

Obama habla y habla sin parar al mundo. Mientras, gobernantes cómplices le secundan, los papanatas asienten y las víctimas siguen sufriendo.

Babilonia sigue incólume a pesar de las señales en Haití, la República Democrática del Congo, Iraq, Afganistán, Palestina... Por si no fuesen suficientes, el marido de Clinton, enviado especial de Obama a Haití, tiene un plan económico para éste: estimular la llegada de turistas occidentales en cruceros de lujo al norte del país y entretenerles con comida, bebida y distracciones al estilo Hollywood. Algunos entre la población les servirán en los restaurantes y se disfrazarán para los comensales de zafreros, brujos y, sobre todo, cimarrones.

Cuando los muertos estén enterrados y los turistas vean en su camino hacia el nuevo casino en Puerto Príncipe una placa en recuerdo de las víctimas del terremoto, se dirán con razón: juguemos, comamos y bebamos, la Biblia miente, no es cierto que Dios “ha castigado a la gran prostituta, la que corrompía la tierra con su prostitución”.

Babilonia sigue siendo la morada de los demonios, la guarida de todo espíritu impío, el refugio de toda ave inmunda y odiosa.


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Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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