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"EUROPA HA MUERTO" (II)

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”Ángel exterminador,/te espera la guerra./Aún no se ha declarado/ ya lo sé.../pero habrá guerra. /Guerra excitante y prohibida/ sólo es para mayores de dieciocho años./ (...) Guerra excitante te amo,/yo también quiero ser ministro de la muerte.” (“Ángel exterminador”, Ilegales, 1984)

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* NUEVOS MUROS

En realidad, el “muro de Berlín” fue derribado a fin de levantar otros tantos muros, físicos e ideológicos, reales o virtuales, en función de los intereses del imperialismo mundialista norteamericano en su nueva fase expansión hegemonista considerada definitiva para la conquista del continente euroasiático, y por lo tanto, el dominio planetario absoluto.
Fukuyamas aparte, no hemos presenciado el triunfal “fin de la historia”, pura propaganda de gabinete, supuestamente anonadada ante la presencia cuasi-divina de la democracia liberal, sino el comienzo de otra historia: la de la entropía general del capitalismo global convertido en una “DEMOCRACIA CAPITALISTA DE GUERRA” identificada cada vez más con “Occidente” como concepto histórico, filosófico y geopolítico.
No podía ser de otro modo.
Si la materia del mundo y de la existencia humana no es más que –nietzschenamenee hablando- pura “Voluntad de Poder”; La democracia liberal-capitalista/social-progresista, depurada y decadente expresión político-cultural del nihilismo occidental, se iba a convertir - aparte de una falacia hipócrita y supersticiosa- en una gigantesca HERRAMIENTA de COMBATE en manos de los Devoradores del mundo, los Nuevos Señores del Capital Global y de la Tecnología de Guerra.
Al cabo de pocos años, la Rand Corporation, uno más de los muchos laboratorios ideológicos del complejo militar-industrial yanqui, financió a uno de sus “intelectuales orgánicos” en nómina para “demostrar” que, de hecho, “el fin de la historia” era –como no podía ser de otro modo- una “reconfiguración del nuevo orden mundial” cuyo carácter específico llevaría al inevitable a un “choque de civilizaciones”.
Era llegado el momento de “exportar” la fe democrática-occidental y su civilización superior a culturas, razas, pueblos y naciones. O sea, la etno-democracia occidental (griega, judía, cristiana y americana) a hostia limpia: sin comtenplaciones
Civilizaciones “diferentes” (eufemismo de “inferiores”); pintorescas incluso, básicamente “arcaicas” pero dignas de ser “salvadas” en nombre de la “sociedad abierta”.
“Civilizaciones” fatalmente dejadas de la mano del Yahvé trasatlántico -y hasta hostiles (¡anatema!¡Herejía!) en algún caso a la neo-religión occidental . “Estados gamberros”, según Madelaine Albrigth, aquella grotesca grulla cebada, Secretaria de Estado del insaciable follapavas Bill Clinton.
Tras la caída del “muro de Berlín”, la “Nación bendecida por Dios” se regocijaba “liberando” Kuwait, bombardeando Serbia, estrangulando Irak, desmembrado Rusia, machacando Somalia, atacando Sudán, humillando a sus “socios-aliados” europeos, justificando y sufragando el genocidio sionista contra los Palestinos, y un largo etcétera.
Todo ello con el beneplácito de la Europa de Maastricht y de la OTAN: bastarda retaguardia pequeño-burguesa siempre dispuesta a bendecir las agresiones imperialistas bajo la coartada de la injerencia humanitaria y el pacifismo armado; y –presta siempre a engordar su economía proteccionista mediante los pingues negocios de exportación de armamento y explotación de los mercados internacionales mediante mega-corporaciones transnacionales de capital –no se olvide- europeo.
Así, cuando apareció una nueva generación de ideólogos, consejeros y planificadores crecidos al “calor” de la “guerra fría”-y en su inmensa mayoría ligados al Partido demócrata americano, pero más aún al Estado de Israel: los mal llamados “neocons”- la suerte estaba echada.
El punto de inflexión no pudo ser otro que un “casus belli”: El ataque del 11 de septiembre de 2001 contra los símbolos fundamentales del poder norteamericano.
Responsables oficiales del ataque: fundamentalistas islámicos procedentes de áreas geográficas y confesionales económica e históricamente vitales para los intereses nacionales norteamericanos en Oriente medio y Asia central.
Arabia Saudita, el mayor productor mundial de petróleo. Jordania, monarquía tribal, fiel aliada de los Estados Unidos. Egipto, régimen militar sometido a la disciplina occidental desde los acuerdos de Camp David. Yemen y otros emiratos árabes que como los anteriores estados mantienen un discurso religioso y político antisionista a la vez mantienen estrechos lazos con el protector supremo de la política expansionista y genocida de la Entidad sionista ilegal.
Contradicción que no podía pasar desapercibida por los nuevos estrategas de la guerra política que pretendía en palabras del extinto Norberto Ceresole “Conquistar el imperio americano desde dentro”.
¿Y Europa?
En su papel habitual. Financiando el Capitalismo de guerra “lucha contra el terrorismo”; sosteniendo el esfuerzo de guerra de Bush-Obama; aportando muertos propios, en Londres, en Madrid, en Bosnia, en Líbano, en Irak, en Afganistán, etc. y sobre todo ajenos; protestando tímidamente ante el exterminio de poblaciones civiles, y cagándose de miedo cuando periódicamente Israel recuerda que Europa es “esa vieja puta” y madre de todos los antisemitismos que tiene de pagar y callar, y seguir pagando y callando, especialmente cuando los criminales de guerra israelíes levantan muros por toda Palestina y bombardean, matan y rematan a hombres, mujeres y niños en Gaza, Libano, Cisjordania y donde se tercie.
Después de todo, dicen algunos, esto no es Gaza: Europa para los Europeos pasando –eso sí- por Washington y Tel-Aviv.
Sí; “Europa”, esa cosa gorda azul-masón, recargaba las pilas de una nueva falsa-conciencia que en forma de seudo-ideología identitaria, y dentro siempre del absoluto respeto reverencial hacia amo norteamericano, le procurara un lugar a la sombra de las Barras y Estrellas y de la Estrella de David.
El enemigo está dentro. Es el Islam. No el terrorismo islámico. Sino la Religión islámica, amén de los inmigrantes de países musulmanes y los musulmanes nacidos aquí, ciudadanos europeos de segunda y tercera generación, incluyendo también a los conversos de viejos países europeos, considerados a partir de ahora “traidores y felones” a la “nueva europa”, cristiana y feminista, israelita y sodomita.

* LA ULTIMA BANDERA

Esto es una guerra ideológica, una “cruzada” capitalista, un juego bélico, político y geo-económico complejo pero perfectamente discernible.
La islamofobia no nació como se supone en los “thinks tanks” estratégicos de las Corporaciones militar-indústriales financiadas por la CIA y NSA. Menos aún por los intelectuales orgánicos del régimen norteamericanos de principios de los 90 a la búsqueda de un “enemigo para todo” tras la debacle del comunismo soviético y su modelo ideológico y social.
Mucho antes, en el marco de las guerras árabes-israelíes, la ideología sionista que se veía a sí misma –en palabras de su fundador- como “vanguardia occidental frente a la barbarie sarracena”, fue pergeñando modelos de manipulación social y de guerra sicológica para que, una vez eliminado el comunismo soviético y sus adláteres, el “primer mundo”, el “mundo libre” judeoestadounidense, pudiera y debiera focalizar en el Islam al nuevo “enemigo de la libertad, del progreso, los derechos humanos, la democracia y la coca-cola”.
No fue fácil al principio: porque en los largos y funestos años de la guerra fría, los Estados Unidos había cerrado acuerdos y pactado alianzas con países de tradición musulmana, ideología conservadora y ferozmente anticomunistas pero sobre todo económicamente necesarios para los objetivos geopolíticos y estratégicos de los Estados Unidos.
Israel, entidad sionista ilegal, íncubo histórico –como dijimos- del neo-nacionalismo judaico, del colectivismo social-demócrata ruso y del colonialismo imperialista occidental, surgió de la derrota de Europa como una secta armada y peligrosa, con una ideología política mesiánica, estatalista, izquierdista, terrorista, fanática
Puro apostolado del odio y de la venganza.
Poco que ver con la Biblia judaica. Mucho que compartir con la seudo-civilización occidental moderna.
El sionismo fue desde el principio una respuesta judía a un problema histórico judío: la Emancipación, y su terrible corolario: la Asimilación, punto final de la judeidad propiamente dicha, subsumida en el “Nuevo Régimen” gentil ante el cual el tradicionalismo rabínico resulta inservible, inane, e incluso contraproducente.
Tras haber servido “lealmente” a las aristocracias feudales desde sus ghetos estamentales, el orden tradicional del judaísmo de la Diáspora se tambaleaba.
El “pueblo elegido” parecía condenado finalmente a perecer no por el “antisemitismo” cristiano-monárquico, sino por su contrario: el Estado moderno, laico, civil, no-confesional, igualitario y tolerante.
Surgió así el Sionismo: que – tras muchos de lucha armada nacionalista y de asentamientos ilegales y de “limpieza étnica” en Palestina- como formación histórica de este tipo parecía condenada, finalizada la Segunda guerra mundial, a militar en el bloque soviético o en coherencia con su carácter de “movimiento de liberación nacional” a formar parte del neo-nacionalismo anticolonialista y del futuro movimiento de países no-alienados.
No fue así.
Rodeado de países árabes hostiles, de petro-monarquías feudales o de nuevos estados nacionales, la nueva entidad, aun habiendo sido reconocida inmediatamente por la Urss, libró una sorda y violenta batalla para ser reconocido por los Estados unidos y sus aliados europeos e internacionales no solo como su más “fiel y privilegiado aliado”, sino como su UNICO interlocutor de confianza en la zona, su punta de lanza, su “desdoblamiento operativo”, su sombra, su fantasma.
Una batalla que llega hasta hoy.
Una batalla por formar parte de igual a igual, salvando las distancias, del entramado de poder de los Devoradores del mundo, de los vértices mundialistas, del nuevo orden hegemonista uni-polar.
Una batalla por seguir siendo –como dice el eurosionista holandés Wilders- la “primera línea de defensa” de Europa, de Occidente, de los Estados Unidos.
Una batalla por mantener su hegemonía militar en Medio Oriente; por defender su identidad expansionista e imperialista en la zona que la propia bandera nacional de Israel recoge en sus dos bandas azules y fluviales: “el Gran Israel del Nilo al Eufrates”.
Una batalla sostenida y financiada por el lobby judío estadounidense, y que se solapa hoy bajo la bandera de las Barras y estrellas en Irak y la de la OTAN en Afganistán.
Doble expansión pero también doble problema.
Miércoles, 02 de Diciembre de 2009 12:29. antagonistas #. Martillazos

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