Vincenzo Vinciguerra: "EL LLANTO Y LA RABIA"
Fuente: www.marilenagrill.comTrad: A. Beltrán
Seis muertos más entre los soldados enviados a Afganistán, no para llevar la paz y la democracia, sino para librar una guerra contra un pueblo que no ha representado jamás una amenaza, y mucho menos ha sido nunca un enemigo.
El aparato mediático del régimen coloca el acento sobre el llanto de las viudas y de los huérfanos, de los padres y de las madres que no volverán a ver más a sus maridos, a sus padres, a sus hijos.
Lágrimas que se confunden con la lluvia de un otoño que nos trae nuevos lutos y nuevos presagios de lutos venideros.
Porque a una guerra no se va sólo para luchar y matar, sino también para morir.
Y para morir hace falta algo más que la paga de un soldado, por muy alta que pueda ser hoy día: hace falta un ideal, una bandera, una razón de honor.
No es suficiente hacer piña en torno a los Alpinos o a los Paracaidistas que mueren a manos de los afganos que luchan por su libertad, por conservar su identidad, por defender su cultura, su fe religiosa, su milenario modo de vida que un Occidente carente de alma, de honor y de dignidad pretende eliminar para siempre.
No bastan las lágrimas. Es necesaria la rabia contra los que envían a nuestros soldados a la muerte, en una tierra lejana y hostil, para defender los intereses de los Estados Unidos y de Israel.
La rabia de ver compungidos ante los ataúdes de los soldados que han enviado a morir, a los responsables políticos de su funesto destino, preocupados no por evitar nuevas muertes, sino al contrario por asegurar a los americanos e israelíes que otros italianos caerán en Afganistán para que Washington y Jerusalén puedan perpetuar su opresión sobre el pueblo palestino.
Porque la verdad, oculta, negada por una clase política anti-nacional es que no existiría “terrorismo islámico”, que no habría existido el atentado del 11 de septiembre de 2001 contra las “Torres gemelas” de Nueva York, que no existiría un estado de guerra en todo el mundo, si la comunidad internacional obligara al Estado de Israel a respetar el derecho del pueblo palestino a tener su propio Estado en el que vivir definitivamente en paz, sin el infierno de las matanzas de las que es periódicamente víctima por parte de un pueblo judío que no defiende su propia existencia sino que quiere imponer su dominio sobre todo Oriente Medio y ampliar las fronteras de su territorio a fin de crear el Gran Israel sobre los cadáveres de centenares de miles de árabes.
La comunidad internacional, dócil a la voluntad de la potencia hegemónica, defiende los intereses de un Seudo-Estado de 6 millones de habitantes, entre los que no existen más que ciudadanos judíos porque su racismo lo exige, tierra privilegiada solamente para los que son de raza y religión israelita.
Un Seudo-Estado abiertamente racista, dotado de un poderoso ejército, capaz de utilizar las más sofisticadas armas contra los indefensos palestinos de Gaza o del Líbano, provisto de cabezas nucleares que nadie se atreve a verificar, controlar, exigir que sean desactivadas, un Seudo-Estado que puede hacer lo que quiere, cuando quiere y como quiere.
Un Seudo-Estado cuyo poder sobrepasa sus fronteras y el alcance de sus armas por razones que nadie se atreve a explicar, fundado sobre el chantaje, convertido en permanente, por la persecución padecida por parte de la Alemania nacionalsocialista.
No se ha asistido jamás en la historia del hombre al espectáculo de que un pequeño Estado de seis millones de habitantes imponga sus deseos al resto del mundo, con el que rechaza confundirse proclamando descaradamente su superioridad y, en consecuencia, su libertad para torturar, asesinar, masacrar, de hacer todo aquello que a los demás, por convenciones internacionales, les está negado.
¿Deseamos lograr la paz mundial? ¿Queremos que desaparezca la amenaza del “terrorismo islámico”?
¿Queremos que nuestros soldados no pierdan la vida en Afganistán, como en Irak?
Impongamos a Israel que permanezca dentro de sus fronteras bien defendidas por un ejército potentísimo y protegido por sus armas nucleares, dejando que Palestina nazca y que los palestinos vivan.
En esta Italia donde la izquierda no tiene fuerza ya para reaccionar, donde la derecha es un circo de payasos sometidos a los deseos de la Comunidad judía que impone y dispone a placer en nombre y a cuenta de Israel, es preciso que alguien comience a contar la verdad, a enfrentarse al superpoder judío que exige la vida de los italianos para defender su poder en Oriente Medio.
No bastan las lágrimas para llorar a los muertos, se necesita la rabia para pedir que sean éstos los últimos de una lista que se ha hecho demasiado larga por una causa que con Italia, sus intereses, sus necesidades, su política internacional, no tiene nada que ver.
Quede claro: no exigimos que cese de existir el Estado de Israel, realidad ya consolidada e indiscutible, pero que se le obligue a respetar a otros pueblos y a otros Estados, que sea obligado a someterse a las convenciones internacionales, que, cuando fuere preciso, sea llamado a responder ante las instancias pertinentes sobre sus crímenes, que reconozca que no es el Estado “elegido” de un “pueblo elegido” y que tiene el derecho a delinquir, oprimir, masacrar.
Exigimos, en definitiva, que Israel, por primera vez desde su constitución sea un Estado que, dentro de la comunidad internacional, tenga los mismos derechos y los mismos deberes que todos los demás.
Si tal petición es atendida, no se deberá morir ya por Kabul o por Bagdad, no se habrá que seguir viendo un mundo en guerra por los intereses de un Estado que pretende, de modo racista, ser superior a cualquier otro.
Solo así no llorarán más las madres de Italia y se podrá aplacar la rabia que agita las almas y exige justicia.
Vincenzo Vinciguerra, Opera 21 setiembre 2009
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